Jacque de Molay

Efrain Eduardo Cajar González

I
En piedra fría duerme la memoria
de un tiempo erguido en fe y en hierro fiel;
la Orden blanca alzó su cruz ardiente
en rutas de ceniza y de laurel.
Caballeros de voto y de silencio,
guardianes de un juramento sin final,
cruzaron mares, polvo y desalientos
bajo el signo severo del ritual.

II
Mas toda fuerza siembra su recelo
en tronos donde el oro dicta ley;
la envidia crece lenta en las coronas
cuando la sombra empieza a hablar de fe.
Felipe, rey de Francia, vio en la Orden
no solo fe, sino poder y voz;
y en deuda honda, con miedo en la mirada,
buscó en la noche el modo de su adiós.

III
Un viernes trece abrió sus negras puertas
al golpe vil de hierro y traición;
las casas fueron tomadas en silencio,
la fe acusada sin razón.
Los hombres de la cruz fueron llamados
herejes por decreto y voluntad;
la ley se inclinó ante la corona
y el juicio se vistió de oscuridad.

IV
Entre los muros ásperos del tormento
la carne habló lo que el dolor dictó;
confesiones nacidas de la hoguera
fueron palabras que el miedo escribió.
Mas no toda verdad se quiebra en hierro
ni todo espíritu aprende a ceder;
en lo profundo del alma templaria
ardía un fuego que no iba a caer.

V
Jacques de Molay, último Gran Maestro,
se alzó en silencio ante el falso altar;
su voz no fue de furia ni de miedo,
sino de piedra firme al declarar.
Retiró lo dicho bajo tormento,
negó la culpa que quisieron dar;
y en ese gesto selló su destino
como quien elige no claudicar.

VI
El juicio cerró su sombra definitiva,
la hoguera aguardaba su verdad;
París contuvo el aliento en sus calles
ante la sentencia de mortalidad.
No hubo espada ni campo de batalla,
ni gloria abierta en lucha desigual;
solo un fuego alzado en la isla fría
y un hombre frente a su final.

VII
Las llamas subieron como testigos
de un tiempo que se negaba a ceder;
la noche escuchó sin interrumpirse
lo que un condenado quiso ofrecer.
No fue lamento lo que allí se dijo,
ni súplica al borde del dolor;
fue una palabra firme y señalada
que el tiempo guardó con rigor.

VIII
“Antes de un año,”—dicen que anunció—
“ante el tribunal de Dios vendréis;
tú, Clemente, y tú, Felipe,
la justicia que negasteis conoceréis.”
La hoguera ardía, mas no su espíritu,
la carne cedía, no su voz;
y el eco de aquella sentencia oscura
se elevó más allá de su adiós.

IX
Murió el Gran Maestro entre las llamas,
pero no murió su acusación;
el viento llevó su última palabra
como juicio más allá de la razón.
Y el tiempo, juez paciente y silencioso,
comenzó a trazar su propia ley;
pues no hay poder que evite la memoria
ni culpa que no alcance a un rey.

X
Clemente cayó en su breve tiempo,
y Felipe pronto le siguió;
como si el hilo de una voz ardiente
sus destinos en secreto tejió.
La historia miró con ojos abiertos
la sombra que empezó a crecer;
y el nombre de Molay quedó en la llama
como un signo que no ha de ceder.

XI
Desde entonces su figura se levanta
entre mito, verdad y tradición;
caballero del fuego y de la ruina,
último guardián de una visión.
No solo fue hombre ante la muerte,
sino símbolo que el tiempo formó;
la voz que alzó frente a la injusticia
cuando el mundo entero calló.

XII
Y aún hoy, entre libros y memorias,
su nombre vuelve a resonar;
Jacques de Molay, llama que persiste
cuando la historia quiere olvidar.
Porque hay palabras que nacen en el fuego
y el tiempo no logra apagar jamás;
y en ellas vive un eco antiguo
que vuelve siempre… y no se va.

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