Dios,
Tú, que tejes destinos en el aire,
que lanzas al viento
las promesas de un amor eterno,
te agradezco, Señor,
por traérmelo a mis días grises,
por encender la chispa
en mi corazón marchito.
Es mi alegría,
una luz que florece en lo más profundo,
un lago sereno donde el sol se asoma,
pero también mi llanto,
la marea que sube y arrastra,
las olas de un adiós no pronunciado
que ahogan mis suspiros.
Lo amo tanto,
con esa fuerza que desgarraría montañas,
un torrente que no se detiene,
una nieve que cae suavemente,
aunque mi pecho esté herido,
sangrando entre risas y lamentos,
como un río que fluye
entre los recuerdos y los sueños.
Así seguiré por la vida,
con un amor tan grande
como imposible,
las estrellas de mis noches
brillando en sus ojos,
y el dolor en cada latido.
Señor, guíame en esta senda
donde las flores se entrelazan con espinas,
donde la felicidad y el sufrimiento
bailan en un mismo compás,
porque en cada lágrima
hay un trocito de amor,
y en cada rayo de sol
un deseo profundo.
Si lo tengo a él,
tengo el mundo,
y aunque el camino a veces sea gris,
su presencia es mi destino,
y así, entre la alegría y el llanto,
mi corazón, a pesar de todo,
seguirá latiendo.
SienaR ©
-
Autor:
SienaR (
Offline) - Publicado: 17 de marzo de 2026 a las 11:14
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- En colecciones: El Amor y La Vida.

Offline)
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