Bajo el Mismo Cielo
I
Pequeño ser de pasos delicados que ahora aprenden a medir la inmensidad del mundo, te pido que camines cerca de mí, no por miedo a que te pierdas, sino para que sientas el calor de mi sombra protectora mientras tus piececitos, diminutos pero llenos de un propósito indomable, desafían la dureza del suelo y graban en él la promesa de una libertad que será siempre tuya y de nadie más.
II
Cuando el peso del mundo amenace con hundir tus hombros y las noches se estiren como sombras interminables que buscan devorar la luz de tus sueños, quiero que sepas que en lo más profundo de mi corazón, donde anida la esperanza, llevo grabado tu espíritu como un faro inquebrantable que convierte tu fragilidad en la más poderosa de las fortalezas.
III
Custodio de tu nombre en el altar de mi memoria, sé que ninguna voz envidiosa podrá silenciar el eco de tu risa ni ninguna pérdida material doblegar la vara de tu dignidad, porque cada paso vacilante que damos juntos sobre esta tierra arcillosa está siendo contado y bendecido por la mano amorosa del Creador, que nos mira con ternura desde su firmamento.
IV
Aquellos que intentaron robarte la inocencia y atar tus alas con cadenas de miedo y olvido no comprendieron que la luz de los niños, esa luz sagrada que emana de una fuente divina e inagotable, no puede ser encerrada en ninguna caja oscura ni extinguida por el más feroz de los vendavales.
V
Por eso, escúchame ahora con la atención con que la tierra escucha la primera lluvia: no estás solo en esta travesía de sombras y destellos, porque alzaré mi voz hasta volverme ronco para que el mundo entero escuche el decreto celestial que proclama que cada niño importa, que cada niño merece un regazo y que, al final del camino, cada niño perdido encuentra el sendero que lo regresa a casa.
VI
Así que camina siempre a mi lado, bajo la misma bóveda celeste que nos cobija, mientras el viento se encarga de llevar tu risa cristalina hasta los confines más remotos del horizonte, probando que tu espíritu no conoce jaulas ni fronteras y que puede volar tan alto como los cóndores que sueñan con tocar el sol.
VII
Mi niño amado, latido que va más allá de mi propia sangre, guardián de mis días y dueño de mis desvelos, quiero que sepas que en este mundo efímero y cambiante hay algo que permanece inmutable y es mi corazón latiendo siempre fiel a ti, como la tierra firme que sostiene al caminante después de la tormenta.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2023.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 17 de marzo de 2026 a las 02:30
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.