-Los hechos-
"En medio de un monte de reseca vegetación, situado en un paraje de los confines orientales de Güisamopa, cierta noche de invierno se hallaba un hombre en atenta observación y a la escucha, como a la espera de que alguna bestia salvaje apareciese en su campo de visión y, más tarde, al alcance de su carabina. Pero la pieza que mantenía tan viva su atención no era de las que figuran en los calendarios de los cazadores legales y autorizados; Rómulo Terán patrullaba por el tenebroso monte de Mezquite y Palo Fierro en busca de un enemigo humano.
Las tierras boscosas de guisamopa eran de considerable extensión y estaban bien provistas de caza; la estrecha franja de abrupto y tupido monte que constituía una de sus extensiones no se distinguía por la abundancia de caza que albergaba ni por las monterías que proporcionaba; sin embargo, de todas las posesiones territoriales de su propietario, era la más celosamente guardada. Un famoso pleito, en los días de su abuelo, lo había rescatado de la posesión ilegal de una vecina familia de pequeños terratenientes; la parte desposeída nunca había acatado la sentencia del tribunal y los comisarios ejidales y una larga serie de disputas por caza furtiva, el aprovechamiento de sus ojos de agua y escándalos similares habían agriado las relaciones entre las familias durante 3 generaciones.
La rivalidad vecinal se había tornado personal desde que Rómulo Terán se convirtiera en cabeza de familia; si había en el mundo un hombre al que detestaba y deseaba todo mal, ese era Isidro Aguayo, el heredero del pleito entre familias, infatigable cazador furtivo e invasor de la arbolada frontera.
Los problemas podían, tal vez, haberse apagado y haber llegado a un acuerdo, de no haber mediado la malquerencia personal de los dos hombres que se dejaron llevar por los cuentos y odios de sus abuelos y padres.
Ambos ansiaban la sangre, el uno del otro. De adultos, cada uno imploraba que la desgracia cayera sobre el otro, y ese invierno de flagelante viento Terán había reunido a sus vaqueros para ir al tenebroso monte, no en busca de presas de cuatro patas, sino para mantener la vigilancia sobre los furtivos que, sospechaba, andaban por aquellas tierras fronterizas. Los vaqueros de los Aguayo, que normalmente se refugiaban en las cañadas durante las tormentas de viento, y las equipatas invernales, aquella noche pasaban a fuerza de carrera como relámpagos y había movimiento e inquietud entre las criaturas que solían dormir durante las horas de oscuridad. Seguramente, había algún elemento perturbador en el monte y Terán imaginaba su lugar de procedencia.
Terán se alejó en solitario de sus hombres y deambuló por las empinadas pendientes en medio de la silvestre y enmarañada maleza, dejando a su fiel caballo amarrado en un ojo de agua para que pudiera beber y descansar, divisando entre los troncos de los árboles y acechando entre las agudas rafagas del viento y el incesante batir de la enramada alguna visión o sonido de los invasores.
¡Ah!, si en esta noche fria, en este tenebroso y solitario lugar, se encontrara con Isidro Aguayo, de hombre a hombre, sin testigos…, éste era el deseo que dominaba todos sus pensamientos. Y al rodear el tronco de una enorme haya se encontró frente a frente con el hombre que buscaba.
Los dos hombres quedaron mirándose durante un prolongado y silencioso intervalo. Ambos tenían una carabina en la mano, ambos tenían odio en su corazón y, sobre todo ello, ambos tenían el homicidio en su mente. El azar los había conducido a la posibilidad de dar rienda suelta a las pasiones de toda una vida, pero un hombre educado en los códigos de una civilización represiva no encuentra fácilmente el ánimo necesario para disparar contra su vecino a sangre fría y sin pronunciar palabra, a no mediar algún agravio contra su linaje y su honor.
Y antes de que los instantes de vacilación dieran paso a la acción, un acto de violencia de la propia naturaleza se abatió sobre ambos.
Un restallante alarido de la tormenta había tenido como respuesta un furioso estallido por encima de sus cabezas y, antes de que pudieran apartarse, el tronco de un enorme y seco mezquite abatido se precipitó sobre ellos. Rómulo Terán se halló tendido sobre el suelo, con un brazo inmovilizado bajo el peso de su propio cuerpo, casi igualmente inutilizado por una espesa maraña de ramas ahorquilladas en tanto que ambas piernas quedaban atrapadas bajo tronco desplomado. Las fuertes botas de caza preservaron a los pies de quedar destrozados, pero, si bien las fracturas no eran tan serias como podrían haberlo sido, resultaba cuando menos evidente que no podría moverse de su actual posición hasta que no llegara alguien a rescatarlos.
Las ramas habían azotado la piel de su rostro y había tenido que apartar con el movimiento de los párpados algunas gotas de sangre de sus pestañas antes de estar en condiciones de tener una visión general del desastre. A su lado, tan cerca que en circunstancias normales hubiera podido tocarlo, yacía Isidro Aguayo, vivo y forcejeando pero evidentemente tan atrapado como él. Todo alrededor suyo era un gran montón de ramajes y astillas.
El alivio de estar vivo y la exasperación causada por la forzada cautividad hicieron brotar una extraña mezcla de piadosos votos de gratitud y vehementes imprecaciones en los labios de Terán.
Isidro, medio ciego por la sangre que corría por sus ojos, detuvo por un instante su forcejeo para escuchar y emitió luego una breve e insidiosa risita.
-Así que no estás muerto, como deberías jodido?; pero, en cualquier caso, estás atrapado -exclamó-, bien atrapado. Vaya, esto sí que tiene gracia. Rómulo Terán atrapado en la trampa en el bosque robado. ¡Te ha alcanzado la verdadera justicia hijo de puta!
Y volvió a reír, burlona y ferozmente.
-Estoy atrapado en mi propio bosque -replicó Terán-. Cuando mis hombres vengan a rescatarnos quizás preferirás estar muerto que no atrapado en flagrante furtivismo en las tierras de tu vecino, te he atrapado con las manos en la masa!
Isidro Aguayo guardó silencio unos instantes; luego dijo tranquilamente:
-¿Estás seguro de que tus hombres encontrarán algo que rescatar? Yo también tengo hombres en el bosque esta noche, siguiéndome de cerca, y cuando me hayan sacado de debajo de estas malditas ramas no será necesaria demasiada destreza por su parte para hacer rodar éste enorme tronco justamente sobre ti.
Tus hombres te encontrarán muerto bajo un tronco caído. Por pura cordialidad, enviaré mis condolencias a tu familia.
-Es una valiosa sugerencia -replicó Terán con fiereza-. Pero mis hombres tienen orden de seguirme en el plazo de diez minutos, de los que han debido transcurrir siete, y me sacarán de aquí, y recordaré tus palabras.
Sólo que, como tú habrás hallado la muerte cazando furtivamente en mis tierras, no creo que pueda, de verdad te lo digo, enviar ningún mensaje de condolencia a tu familia.
-Bueno -refunfuñó Isidro Aguayo-, bueno.
Éste es un duelo a muerte entre tú y yo y nuestros vaqueros, sin malditos intrusos que se interpongan entre nosotros. ¡Así te mueras y te veas condenado, Rómulo Terán!
-Lo mismo te deseo, Isidro Aguayo, saqueador, cazador furtivo, rata.
Los dos hombres hablaban con el conocimiento de encontrarse ante una posible derrota, ya que los dos sabían que pasaría mucho tiempo antes de que sus hombres se dieran a la tarea de su búsqueda y dieran con ellos: era una pura cuestión de suerte cuál de las dos partidas de vaqueros llegaría primero al lugar en cuestión.
Para ése momento, los dos habían abandonado su inútil esfuerzo por liberarse del tronco que les aprisionada; Terán limitó su empeño al esfuerzo por dejar parcialmente libre un brazo lo bastante cerca del bolsillo exterior de su bolsa como para sacar su petaca de bacanora. Incluso después que hubo realizado esa operación transcurrió aún largo tiempo hasta que pudo desenroscar el tapón y dejar pasar algo del líquido a su garganta. ¡Pero se lo antojó un sorbo caído de los cielos! Estaban en pleno invierno, ahi no caía nieve, pero si caía el sereno heladisimo, gracias a lo cual los cautivos sufrían los rigores del frío menos de lo que cabría esperar para aquella época del año; no obstante, el bacanora resultó cálido y vivificante para su maltrecha humanidad; echó luego una mirada de reojo con algo así como un latido de piedad hacia donde su enemigo yacía tratando de impedir que sus quejidos de dolor y extenuación traspasaran el umbral de sus labios.
-¿Podrías hacerte con la frasco si te lo aviento? -preguntó Terán de pronto-. Contiene buen un buen bacanora y hay que tratar de aguantar lo mejor posible. Hay que beber, incluso a pesar de que uno de los dos muera esta noche.
-No, apenas puedo ver; tengo mucha sangre apelmazada encima de los ojos -dijo Aguayo-; y, en cualquier caso, no bebo vino ni bacanora con un enemigo.
Terán permaneció en silencio algunos minutos, escuchando el fatigoso aullido del viento. En su cerebro, lentamente, iba surgiendo y agrandándose una idea que ganaba en pujanza cada vez que miraba de reojo al hombre que luchaba tan ceñudamente contra el dolor y la fatiga. En medio del dolor y la lasitud que el propio Terán sentía, el feroz odio de antaño parecía ir apagándose.
-Vecino -dijo de repente-, haz como te plazca si tus hombres llegan primero. El trato era justo.
Por lo que a mí respecta he cambiado de opinión. Si mis hombres llegan antes será a ti a quien primero ayudarán, como huésped mío, nos hemos peleado como perros y gatos toda nuestra vida por esta estúpida franja de monte, donde los mezquites más grandes no pueden resistir en pie una pequeña ráfaga de viento. Tendido aquí esta noche, pensando, he llegado a la conclusión de que hemos sido unos necios; hay cosas mejores en la vida que ganar una disputa sobre terrenos. Vecino, si me ayudas a enterrar nuestra vieja rencilla yo te ofreceré mi sincera amistad.
Isidro Aguayo permaneció en silencio tanto tiempo que Terán pensó que quizá había sucumbido al dolor y gravedad de sus heridas, pero al fin, habló lenta y entrecortadamente.
-Qué sorprendidos se iban a quedar todos y cuánto mitote habría en toda la región si nos vieran llegar cabalgando juntos a la plaza del mercado. No hay ser viviente que haya visto a un Aguayo y a un Terán hablando amistosamente. Y qué paz reinaría entre las gentes de los montes de aquí hasta Sahuaripa si pusiéramos fin a nuestro pleito ésta noche. Y si decidimos hacer las paces entre los nuestros no hay nadie que interfiera, no hay intrusos ajenos… Tú vendrías a pasar la noche a mi hacienda dGüisamopa bajo mi techo y yo asistiría al festín en algún día señalado a tu casa en Santa Rosa… No volvería a disparar un solo tiro en tus tierras excepto cuando me invitaras y tú vendrías a cazar conmigo allá en los montes claros, siempre llenos de liebres y otras venados. En todo el municipio no hay quien pueda impedirnos, si nosotros lo deseamos, hacer las paces. Nunca pensé que pudiera ambicionar otra cosa que odiarte, en toda mi vida, pero creo que yo también he cambiado de opinión sobre el particular en ésta última media hora. Y me ofreciste tu petaca de bacanora… Rómulo Terán, seré tu amigo.
Durante un rato los dos hombres permanecieron en silencio, dando vueltas en la cabeza a las maravillosas transformaciones que llevaría consigo esta dramática reconciliación. Yacían en medio de aquel bosque frío y tenebroso, con el viento desgarrándose en rachas espasmódicas por entre las desnudas ramas y silbando en torno a los troncos de los árboles, esperando la ayuda que traería, ahora, rescate y socorro para ambos. Y cada uno de ellos musitaba una íntima oración para que fueran sus hombres los primeros en llegar, de modo que cada uno pudiera ser el primero en mostrar su deferente atención al enemigo que acababa de convertirse en amigo.
Al cabo, cuando el viento se calmó por un momento, Terán rompió el silencio.
-Vamos a gritar pidiendo ayuda -dijo-. Con esta calma nuestras voces pueden llegar lejos.
-No irán muy lejos entre los troncos y la maleza -dijo Aguayo-, pero podemos intentarlo. A un tiempo, pues.
Ambos elevaron sus voces en un prolongado grito de caza.
-Otra vez a un tiempo -dijo Rómulo Terán unos minutos más tarde, después de escuchar en vano a la espera de una voz de réplica.
-Creo que esta vez oigo algo -dijo Terán.
-Yo no oigo más que este inmundo viento -dijo Aguayo roncamente. Hubo un nuevo silencio de varios minutos y luego Terán emitió un grito de alegría.
-Alcanzo a ver unas formas que se acercan por el bosque. Van siguiendo el camino por el que descendí la ladera.
Los dos hombres alzaron sus voces con todas las fuerzas que fueron capaces de reunir.
-¡Nos oyen! Se han parado. Ahora nos ven. Bajan corriendo por la ladera hacia nosotros -exclamó Terán.
-¿Cuántos son? -preguntó Aguayo.
-No lo distingo bien -dijo Teran-. Nueve o diez.
-Entonces son los tuyos -dijo Aguayo-. Yo sólo tenía conmigo siete.
-Vienen a toda velocidad que les es posible, bravos muchachos -dijo Terán jubilosamente.
-¿Son tus hombres? -preguntó Aguayo-. ¿Son tus hombres? -repitió con impaciencia al no recibir respuesta de Terán.
-No -dijo Rómulo Terán con una risotada, la risotada gárrula y estridente de un hombre desencajado a causa de un tremebundo pavor.
-¿Quiénes son? -preguntó Isidro Aguayo rápidamente, haciendo un esfuerzo por ver lo que el otro de buena gana hubiera deseado no haber visto.
Son los coyotes amigo mío, son los coyotes.
Fin.
Eternas lunas-.
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Autor:
Sepu (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 16 de marzo de 2026 a las 07:38
- Comentario del autor sobre el poema: Güisamopa, Sonora. -Un poco de historia del lugar- "Enclavado en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental, el pueblo de Güisamopa guarda en sus piedras la memoria de siglos de historia. Su nombre proviene del idioma ópata y significa “lugar pedregoso” o “mesa sobre piedra”, una referencia directa al terreno escarpado que lo rodea y al espíritu firme de sus primeros habitantes: los indígenas ópatas. Este grupo originario, conocido por su carácter pacífico y su capacidad de adaptación, habitó la región mucho antes de la llegada de los colonizadores españoles y fueron desapareciendo por sus peleas con los Apaches, la llegada de los Jesuitas y posterior perdida de identidad con los mestizos, las leyendas entre los últimos Ópatas dice que los últimos que quedaron se transformaron en coyotes, sedientos de una justicia que nunca llegó. Aunque la presencia humana en Güisamopa se remonta a tiempos prehispánicos, la fundación formal del pueblo ocurrió hacia 1830. Durante el Porfiriato, el territorio fue apropiado por un hacendado de apellido Terán, quien más tarde vendió la comunidad a Isidro Aguayo. Fue este último quien estableció una hacienda en el lugar, marcando el inicio de una etapa de concentración de tierras y trabajo forzado que definiría la vida de los campesinos por décadas. Durante la Revolución Mexicana, Güisamopa no fue ajeno a las luchas sociales que sacudieron al país. Figuras como Severiano Méndez y Jesús Jiménez se sumaron a la causa revolucionaria, y en 1914, los líderes comunitarios Jesús Robles y Francisco Rivera obtuvieron del presidente Eulalio Gutiérrez el permiso para fundar oficialmente el pueblo. Sin embargo, Arturo Aguayo, hijo del antiguo hacendado, se opuso con fuerza a la implementación de este decreto. No fue sino hasta el 25 de enero de 1919 que Güisamopa fue finalmente erigido como pueblo. Dos años más tarde, el 26 de abril de 1921, se le dotó de 1,200 hectáreas de tierras ejidales, y en 1927 se formalizó la posesión de 2,800 hectáreas bajo el nombre de Güisamopa, dentro del entonces municipio de Tacupeto, en el antiguo distrito de Sahuaripa."
- Categoría: Cuento
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