Madam Kalalu seguía inclinada sobre la bola de cristal.
El humo que salía de ella comenzó a moverse despacio, como si tuviera vida propia. Primero fue una nube blanca, luego un remolino… y de pronto empezó a tomar forma.
Clotilde abrió los ojos como ventanas en tormenta.
—Mire bien, mija… —susurró Madam Kalalú.
El humo se estiró… y apareció una cara.
—¡Ave María! —dijo Clotilde—. ¡Pero si esa es Nereida, la que vende empanadas!
La cara se deshizo como algodón y enseguida apareció otra.
—¡Jesús bendito! —exclamó—. ¡Esa es Maruja, la del puesto de verduras!
La bruja asentía con gravedad, como si estuviera viendo el destino del mundo.
—Ya sabe, mija… yo no pregunto… yo veo.
Otra nube giró y formó una tercera cara. Clotilde casi se cae de la silla.
—¡Pero si esa es Remigia, la misma que me mandó venir aquí!
Madam Kalalu carraspeó.
—Los hombres… —dijo con tono filosófico— …son como buses de la capital. Siempre van llenos.
Clotilde estaba a punto de llorar. En ese momento el humo empezó a formar una última figura.
La cara apenas comenzaba a dibujarse cuando Madam Kalalu pasó las manos rápidamente sobre la bola.
—¡No! —dijo—. Eso… eso no lo puedo ver.
Clotilde parpadeó.
—¿Por qué?
La bruja se acomodó el sombrero de paja con gesto misterioso.
—Hay cosas… que el universo no permite revelar.
Luego extendió la mano.
—Bueno, mija… la consulta terminó.
¿El pago?
Clotilde dejó el dinero con manos temblorosas. Salió de la casa confundida, con la cabeza llena de humo… igual que la bola de cristal.
Esa misma noche empezó el tratamiento. Durante siete noches seguidas, tal como Madam Kalalu había ordenado, se puso panty rojo… al revés.
La primera noche Jacinto la miró raro.
—Clotilde… ¿por qué caminas como cangrejo?
—Moda nueva —respondió ella, seria.
La segunda noche levantó la falda delante de él cuando entró por la puerta. Jacinto se quedó congelado con el maletín en la mano.
—¿Y eso?
—Ventilación… —murmuró Clotilde.
La tercera noche Jacinto empezó a preocuparse.
—Mujer… ¿te picó algo?
La cuarta noche solo suspiró.
—Bueno… Mientras no me toque lavar eso…
Pero no pasó nada. Ni confesiones, ni milagros, ni temblores espirituales.
Al séptimo día, Clotilde decidió que algo no estaba funcionando.
Cortó discretamente un pedazo del calzoncillo de Jacinto, agarró un puñado de tierra del patio… y volvió a subir al cerro.
El camino seguía igual de traicionero. El perro volvió a mirarla feo.
Y, como si el destino tuviera sentido del humor… volvió a resbalar en el mismo charco.
—¡Caramba! —gruñó—. Este barro me está esperando.
Llegó otra vez a la casa de Madam Kalalú, ahora más enlodada que antes.
Esperó su turno.
Cuando entró, puso el retazo de tela sobre la mesa.
—Madam… el hechizo no funcionó.
La bruja frunció el ceño.
—¿Seguro que lo hizo bien?
—Siete noches. Panty rojo. Al revés. Todo.
Madam Kalalú miró la bola de cristal y murmuró:
—Pues vamos a preguntarle otra vez…
aunque usted sabe… yo no pregunto… yo veo.
La bola comenzó a humear de nuevo. Las caras aparecieron otra vez en el humo: Nereida… Maruja… Remigia…
Clotilde se inclinó más cerca.
—Y la última… —dijo con firmeza—. Quiero ver la última.
Madam Kalalu dudó.
—Eso no es conveniente…
Pero en ese momento un gallo cantó afuera, alguien gritó en el patio… y la bruja se distrajo un segundo.
El humo volvió a girar.
La última cara comenzó a formarse lentamente.
Primero el sombrero… Luego la nariz… Luego los ojos.
Clotilde se quedó helada.
Porque la cara que apareció en la bola de cristal era la misma cara que estaba frente a ella.
Madam Kalalu.
La bruja reaccionó tarde.
—¡No mire eso! —dijo tapando la bola.
Pero ya era tarde. Clotilde se puso de pie lentamente.
De repente todo encajó en su cabeza como piezas de dominó:
las vecinas… las risitas… la recomendación insistente… las caras en el humo…
Todo.
—Con que… —dijo despacio— eran ustedes.
Madam Kalalu intentó sonreír.
—Mija… los espíritus a veces se confunden…
Clotilde agarró su bolsita vacía y la sacudió.
—Los espíritus no sé… pero la estafa sí la entendí clarita.
La bruja se acomodó el sombrero nerviosamente.
—Podemos arreglar…
Pero Clotilde ya caminaba hacia la puerta.
Afuera, el viento del cerro soplaba entre los árboles.
Cuando Clotilde se alejó por el camino, dentro de la choza ocurrió algo extraño.
La bola de cristal volvió a humear… sola.
El humo se arremolinó lentamente. Y por un instante formó la cara de Jacinto, que parecía sonreír. Pero nadie estaba allí para verlo. Mientras bajaba el cerro, Clotilde pensó en las vecinas del parque… sentadas bajo el almendro… esperando noticias.
Y por primera vez en siete años de matrimonio, sonrió con una calma peligrosa.
—Bueno… —murmuró— Mañana en el parque voy a hacer una consulta gratis…
con la bola de cristal de mi lengua.
Porque en el pueblo de Campana, cuando una mujer descubre un chisme grande… lo último que hace es quedárselo callado.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 16 de marzo de 2026 a las 00:29
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- En colecciones: RELATOS.

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