El navegante de quimeras

El hombre de la orquidea

I
Hay un lugar en el pecho que nadie profana,
un rincón de luz pura que el tiempo no roba;
donde el alma se asoma, bendita y temprana,
y el amor verdadero sus alas desdobla.
No es un pacto de manos, ni un eco de nombres,
es un fuego que arde sin pedir el abrigo;
la única gloria que salva a los hombres
y que hace del alma su mejor testigo.
Amar de verdad es soltar las orillas,
es dar el tesoro sin ver la balanza;
es ponerse ante el otro, de manos sencillas,
y ser el sustento de toda esperanza.
No es lo que el mundo nos da o nos quita,
ni el beso que huye, ni el llanto que hiere;
es la huella sagrada que el ser necesita,
esa parte de Dios que en nosotros no muere.
Bendigo la vida por esta herida abierta,
que no sangra dolor, sino luz y sentido;
por haberme dejado la puerta desierta
y hallar el diamante que no se ha perdido.
No hay deudas, ni sombras, ni reclamos vanos,
solo el cielo inmenso que un día tocamos;
el amor es el pan que sostienen las manos
y el único rastro que al fin nos llevamos.
Aquel que no ama, camina en la sombra,
temiendo que el viento le robe su calma;
mas quien ama de veras, al mundo le nombra
la paz invencible que habita en su alma.
Hoy camino en la paz de esta entrega divina,
sin más equipaje que el bien que he sembrado;
tú eres mi luz, mi verdad, mi primicia...
¡el paraíso eterno que el cielo me ha dado!

II
Hoy decido zarpar hacia el mar de mis sueños,
navegar por el mundo sin norte y sin guía;
donde somos nosotros los únicos dueños
de una noche que nunca se vuelve de día.
Te llevo en mi alma como un tatuaje eterno,
la marca sagrada de mi alta quimera;
venceremos juntos el frío invierno,
habitando una eterna y audaz primavera.
Navegarás conmigo en el mundo onírico,
en cada delirio que nazca del pecho;
serás el acento de mi verso lírico,
el sueño bendito que habita en mi lecho.
No importa si el mundo me juzga demente
al verme perdido en mis alucinaciones;
son realidades que vive mi mente,
lejos de juicios y de imposiciones.
Serás la silueta que cruza el olvido,
la sombra fiel que conmigo ha de andar;
el suspiro tierno, el eco querido,
que en cada latido me viene a buscar.
Navegantes sin tiempo, sin puerto, sin dueño,
unidos por hilos de luz y de fe;
tú eres la vida que habita en mi sueño,
la única sombra que no dejaré.
Y cuando me llegue la hora del viaje,
del último aliento, de la última luz,
vendrás conmigo, sin más equipaje,
llevando en tu sombra mi propia virtud.
Moriremos juntos en ese destino,
donde el sueño y la vida se vuelven verdad;
tú, mi silueta... yo, tu camino,
en el paraíso de la eternidad.
III
Te guardo en mi pecho, pequeña y sin miedo,
como el brote de luz que el dolor no tocó;
pero acepto a la mujer que hoy pone su enredo,
a la que el invierno su rastro marcó.
Acepto tus sombras, tu escudo y tu herida,
el miedo que guarda tu alma partida;
comprendo el temor de quien fue traicionada
y hoy teme que el alba le sea negada.
Mas vengo a decirte, con manos abiertas,
que el tiempo de ayer ya no habita en mis puertas;
no busques espejos en rostros extraños,
ni midas mi entrega con viejos engaños.
No soy tu refugio, ni soy tu destino,
ni el mago que borra las piedras del camino;
no soy quien restaura, ni soy tu oración,
solo soy el hombre que da el corazón.
El amor se construye con dos voluntades,
hilando silencios y mil verdades;
yo pongo el cimiento, la luz y el desvelo,
tú pones las ganas de alzar este vuelo.
Deja que el alma se deje querer,
que el ayer es un muerto que no ha de volver;
que Dios en tu mente derrame su guía
y aceptes la paz de esta nueva alegría.
Por ti y por los hijos que son tu tesoro,
ofrezco este pacto más firme que el oro;
pero el resto es camino que tú has de labrar,
con paciencia infinita y ganas de amar.
Porque un mundo de dos no se hace de uno,
ni el cielo se alcanza sin un bien común;
yo te amo hoy mismo, tal cual tú has llegado...
¡el resto es el puente que habremos trazado!

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  • Autor: El hombre de la orquidea (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 15 de marzo de 2026 a las 00:06
  • Categoría: Espiritual
  • Lecturas: 1
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