Girotiempo

Vale Moran

Gino jugaba en la puerta de su casa con dos dinosaurios de plástico. Los hacía rugir, caminar, pelear entre sí.

Desde adentro, Juan lo miraba mientras tomaba un café.

Había algo en esa escena que lo detenía.

Algo invisible, como un hilo que los unía desde otro tiempo.

Como si una memoria antigua —muy antigua— cruzara un puente entre los dos.

Las miradas se encuentran.

Gino deja caer los dinosaurios y corre hacia él.

—Juan… ¿vos tenés poderes?

—¿Poderes? —sonríe— ¿de qué?

—Quiero viajar a donde estaban los dinosaurios.

—¿Y qué te hace pensar que yo los tengo?

—¡Dale!

Juan lo mira. Y en ese instante algo extraño ocurre:

por un segundo vuelve a sentir lo mismo que sentía cuando era chico.

Esa certeza absoluta de que todo era posible.

—Bueno… pero para ir a la tierra de los dinosaurios tenés que ser valiente.

—¿Como vos?

—Sí, como yo.

Gino piensa un segundo. Después pregunta en voz baja:

—¿Y cómo se hace?

Juan se inclina hacia él, como si estuviera a punto de contarle un secreto muy antiguo.

—Yo, cuando quería ir a algún lugar… cerraba fuerte los ojos… y sentía que en las manos tenía un girotiempo.

—¿Un girotiempo?

—Sí. Un juguete muy muy antiguo. Desde antes de los relojes, antes de los almanaques, antes incluso de que los grandes olvidaran imaginar.

—¿Y dónde está?

Juan le toma las manos.

—Acá.

Gino abre los ojos enormes.

—¿Y cómo funciona?

Juan duda.

Porque en ese momento entiende algo: no es él quien tiene el poder.

Es Gino.

—Funciona… —dice despacio— solo si alguien imagina.

—¡Yo puedo!

—Entonces cerrá los ojos.

Los dos cierran los ojos.

—Ahora decime qué ves —susurra Juan.

Gino habla con la certeza de quien está mirando algo real.

—Hay árboles gigantes… más altos que la casa.

Y el piso es barro… y hay huellas enormes…

¡Juan! ¡Hay un dinosaurio!

Juan sonríe con los ojos cerrados.

Porque algo dentro suyo también empieza a ver.

—¿De qué color es?

—Verde… no… verde con manchas naranjas…

Y tiene un cuello largo… larguísimo.

Por un instante, el tiempo se dobla.

Juan ya no es el hermano mayor tomando café.

Es un chico otra vez, parado en la puerta de su propia mente.

—¿Qué más hay? —pregunta.

—Un río…

¡Y otro dinosaurio!

Y… y… Juan…

—¿Sí?

—Nos está mirando.

 Y bueno capaz es nuestro amigo.

Juan aprieta un poco más las manos de Gino.

—Tranquilo. Los girotiempos funcionan así.

Todo lo que vos imagines… aparece.

—¿Todo?

—Todo.

Gino ríe.

—Entonces quiero un dinosaurio que nos lleve a pasear.

El suelo tiembla en su imaginación, el dinosaurio baja lentamente su cuello.

—¡Apareció!

—¿Y ahora?

—Nos subimos.

Los dos se quedan en silencio un momento.

El viento de otro tiempo parece pasar entre ellos.

Hay montañas y volcanes, el cielo es violeta.

Hasta que Gino pregunta:

—Juan… ¿podemos volar?

Juan respira hondo.

—Cuando el que imagina… decide.

Gino levanta las manos.

El tiempo gira, como un remolino.

¿Y cómo volvemos a casa?

El que imagina también decide cuando volver.

Después abre los ojos.

La puerta de la casa.

El café todavía humeando.

Los dinosaurios de plástico en el piso.

Pero algo cambió.

—Juan…

—¿Sí?

—Creo que el girotiempo sigue acá.

Juan mira sus manos.

Y entiende la verdad que había olvidado durante años.

Ese juguete no se pierde.

Solo se apaga… cuando dejamos de imaginar.

 

  • Autor: Vale Moran (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 14 de marzo de 2026 a las 11:13
  • Comentario del autor sobre el poema: una conexion entremi hijo mayor y el menor tambien es un girotiempo más.
  • Categoría: Infantil
  • Lecturas: 0
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