El País de los Dos
No es cordura lo que habita mi pecho cuando calla el mundo.
Es un vértigo antiguo, un mapa que se pliega y se despliega
solo al ritmo de tu respiración imaginada.
Mi fantasía, sueles decir, no conoce fronteras…
y es cierto: construye universos diminutos donde sólo cabemos tú y yo,
y los derriba con la misma facilidad con la que un suspiro desordena el humo,
solo para volver a levantarlos, más hermosos, más imposibles.
Porque cuando pienso en ti, no pienso en el rumbo.
Olvido el compás, la medida justa, el paso cauteloso.
Pienso en la ley de gravedad que inclina mi cuerpo hacia el tuyo,
en la fuerza imparable que hace que dos orillas, después de tanta distancia,
terminen por encontrarse en la boca de un mismo río.
Tu nombre no es una palabra, es una herida.
Lo siento latir en mi boca, un terrón de miel,
un secreto que repito a solas para escuchar su forma,
para ver cómo ilumina la penumbra de la habitación vacía.
Y entonces llegas.
No en sueños, sino en ese umbral donde la conciencia se rinde.
Te imagino acercándote sin prisa, pisando con la misma suavidad
con la que la luz de la luna toca el borde de la cama.
Tu presencia llena el espacio sin ocuparlo, como el aroma,
como la música lejana que anuncia algo inmenso.
Tus manos no se posan, me recuerdan.
Recorren el mapa conocido de mi piel con la seguridad de quien ya habitó este territorio,
pero también con la novedad de quien descubre que cada viaje es único.
Despacio. Con esa hambre que no devora, sino que saborea.
Con un deseo que no es fuego que abrasa, sino calor que penetra hasta los huesos,
calor de hogar, de tierra fértil, de hoguera que cobija.
En ese instante, la razón se desvanece como neblina al sol.
Amar en mi mente es perder el suelo, es lanzarme al vacío sin red,
sabiendo que tus brazos son el único lugar seguro.
Es cerrar los ojos y verte con una claridad que la mirada despierta no puede otorgarme.
Veo el brillo de tu mirada en mi propio pecho,
siento el eco de tu deseo en mi propio estremecimiento.
Es temblar, sí, pero no de frío ni de miedo.
Es un temblor de raíz, de árbol que crece, de tierra que se abre para recibir la lluvia.
Es entregarme sin perderme, porque en ti me encuentro más entero.
Es la caricia que aún no ha ocurrido, pero que ya recorre mi espalda.
Es el beso que no hemos cruzado, pero que ya sé a qué sabe.
Es el suspiro compartido en la pausa, el silencio que lo dice todo,
la conversación de los cuerpos en un idioma anterior a las palabras.
Porque cuando se trata de ti, mi imaginación no juega, no especula, no divaga.
Se rinde. Se arrodilla. Se entrega.
Y en esa entrega, en esa ofrenda silenciosa que ocurre en el oculto rincón de mi mente,
en esa dimensión paralela donde ya nos hemos amado todas las noches de nuestra vida,
todo en mí deja de ser mío.
Mis latidos, mis suspiros, mi piel, mis ganas…
todo lleva tu nombre grabado en una letra tan pequeña y tan profunda,
que solo yo, al imaginar, puedo leerla.
Y al leerla, ardo. Y al arder, renazco.
Y al renacer, te encuentro esperándome, una vez más,
en el umbral de este mundo sin límites donde solo existimos tú y yo.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2023.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 14 de marzo de 2026 a las 00:32
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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