◇ El mensajero

Vientoazul

◇ El mensajero

 

Prólogo

 

Esta historia nos lleva a reconsiderar qué queremos como destino más allá de la propia vida. Porque a veces nos plantea un camino diferente, para el cual no siempre estamos preparados. Ni siquiera sabemos si existe otra posibilidad.

 

Pero también dependerá de si estamos dispuestos a continuar o no, de otra manera.

 

1 (Regreso a casa)

 

Él trabajaba de noche como sereno en una fábrica de porcelanas. Un día, como todos, se encontraba en la parada del autobús. Después de una ardua jornada regresaba a su hogar, un poco cansado.

 

Ve que llega su autobús, lo para, sube y se sienta con ganas. Se acomoda. Escucha, mientras viaja, su radio, compañera inseparable. Un viaje normal.

 

En un día templado, como tantos otros, estaba por llegar; así que caminó hacia la puerta y bajó.

 

En la humedad del aire sintió el olor a panadería, que a través de los años sería inolvidable. Entró y compró facturas. Al salir, vio que estaba amaneciendo. Y sonrió.

 

A veces se cruzaba con algún vecino, o escuchaba el trinar de los pájaros o el pasar de los autos. Un día como otros.

 

Caminó despacio, dobló por la esquina y llegó a su puerta.

 

Un lindo barrio, lleno de árboles y casas humildes. Las baldosas llenas de hojas secas. Predominaban los colores marrón y amarillo.

 

Desayunó en compañía de su pequeña gata, mientras su esposa y su hijo aún dormían. Luego se preparó para descansar él también, no sin antes lavarse un poco.

 

Parece que durmió bastante, porque el reloj marcaba las 17:00 horas.

 

Se puso contento porque hacía un par de días que no podía dormir bien. A veces el insomnio lo debilitaba un poco.

 

2 (La ducha)

 

Era casi de noche. Hacía frío.

 

Previo a la cena decidió tomarse una ducha. El agua tibia salía copiosamente.

 

Mientras se estaba bañando terminó resbalando y golpeando la nuca en la bañera, una antigua de hierro enlozada blanca.

 

Con un grito ahogado se fue desplomando, cayendo de espaldas.

 

Su esposa trató de reanimarlo, pero no pudo. Entonces llamó al servicio médico y lo trasladaron al hospital.

 

3 (El pasaje)

 

La sirena lo volvía loco.

Pero poco a poco, en algún momento, dejó de escuchar la ambulancia. Los traqueteos del traslado cesaron.

 

Del dolor pasó a la inconsciencia, hasta recordarse en distintos lugares. Se sentía mareado, casi sin fuerzas.

 

Estaba recordando o alucinando, vaya uno a saber...

 

Todo se iba hilando de a poco: su pasado, su presente, su futuro inmediato, en imágenes dislocadas.

 

Se preguntaba una y otra vez:

 

¿Dónde estaba realmente?

¿Estaba desmayado?

¿Seguía con vida?

¿Ya habría pasado el túnel?

¿Habría visto lo que comentan todos: la luz blanca?

¿Estaría en su tumba?

 

No, por Dios, que esto último no esté pasando...

 

De todos los pensamientos, ese era el que menos le gustaba.

 

4 (El mensajero)

 

Tan lejos había quedado la ducha...

 

De a poco todo empieza a tomar sentido.

 

Recuerda la conversación con el médico, pero muy vagamente. ¿Realmente sería la persona que estaba a su lado? Como si las palabras se desdibujaran en el aire.

 

Varios pensamientos rebotaban en su mente.

 

En su desvarío sabía que estaba muy grave y que el tiempo se le estaba agotando.

 

En un momento, algo le dice que le quedaban solo dos opciones: partir a su morada final o aceptar un nuevo destino.

 

Que podía rechazarlo. Pero así concluiría con su existencia en poco tiempo más.

 

Recordó entonces su miedo a la muerte. Eso no le permitió negarse. Y decidió aceptarlo.

 

Le dijeron que sería un mensajero. Que sería portador de ideas únicas para personas al borde de su propio límite: morir o recibir mensajes de vida.

 

Con lo cual su nuevo destino parecía interesante y muy útil para otras personas.

 

Sería un espíritu en la eternidad.

 

Al principio se aferró a esa idea, pero estaba aterrado. Como casi siempre que debía enfrentar caminos sombríos.

 

Pero nadie lo vería.

 

¿Habría otros en esta condición?

 

También, a medida que pasaban los minutos, se quedaba sin ideas.

 

Sospechaba que quizá podría ser otro mensajero entregándole a él este mensaje. Que le brindaba otra oportunidad de ser mejor, sin estar contenido en un cuerpo.

 

Solo en un estado de conciencia espiritual, vagando en busca de almas expirables.

 

Sin otra posibilidad, se fue habituando a lo que nunca pensó que le pasaría. Y entonces la idea, de a poco, le fue gustando.

 

Así, con el paso del tiempo, debió dejarse llevar en ese medio inverosímil.

 

5 (Momento de inflexión)

Momentos previos a este accidente hogareño le pasó por la mente cómo empezó todo.

 

Bueno, no todo.

Pequeños hechos que luego hilvanaría.

 

Su blonda esposa preparaba la cena. Y su pequeño hijo jugaba en el living, sin saber que ese era un momento de inflexión en su corta vida.

 

La casa, como suele suceder, estaba en calma.

 

6 (La familia – la partida)

 

Algunos miembros de la familia no creían que fuera un accidente. Sin embargo, eran solo comentarios.

 

Pero él sabía que ella lo amaba y nunca le hubiese hecho daño.

 

A veces las personas nos tratan miserablemente solo porque somos distintos. Allá ellos.

 

A algunos pocos no les importaba en lo más mínimo. Muchos estaban tristes de verdad.

 

Otros solo estaban allí porque se estilaba hacerlo.

 

Antes los velatorios se hacían en el hogar.

 

Cumplir con las apariencias. Y además, ¿cómo se perderían los cuentos, el café y dar rienda suelta a sus lenguas bífidas?

 

Todo el servicio se llevó a cabo como estaba contratado.

 

El aroma a gladiolos blancos inundaba tanto el departamento como también parte del descanso de la escalera.

 

Lo bajaron por los escalones, uno a uno. El féretro a veces tocaba las paredes con suavidad, como si se estuviera despidiendo.

 

Sus hermanos y cuñados estaban distribuidos, uno por cada manija. Consiguieron bajarlo sin mayores problemas.

 

Su esposa estaba destrozada.

 

Sus hermanas lloraban sin consuelo.

 

Sus sobrinos apenas entendían lo que estaba sucediendo. Pero sabían que tenían que comportarse mejor que todos los días.

 

7 (Los caminos se bifurcan)

 

Ya en el cementerio de la Chacarita supo que su viaje estaba por culminar.

 

El cortejo entró por la puerta lateral, siguió por varias cuadras y, al llegar a la zona elegida, se detuvo.

Sacaron el féretro del coche fúnebre. Lo trasladaron a su morada final.

 

Quiso gritar, pero nadie parecía escucharlo.

 

Estaba a varios pasos de su propia tumba.

Pero era solo un espíritu sin cuerpo. El aire ya no lo rozaba.

 

Lo bajaron con maestría, si se tiene en cuenta que había varias zanjas cercanas abiertas, así que dedujo que otros también llegarían.

 

Entonces, cuando todos se fueron, mientras una parte se preparaba para el descanso eterno, la otra lo hacía para el insólito viaje...

 

Autor: 

Vientoazul 🦋⃟    ©

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