El viaje sin regreso

El hombre de la orquidea

I

El amor es eterno mientras dure el aliento,

sea un breve suspiro o un siglo de fe;

es fuego sagrado, es un místico acento

que vive si halla sustento en el ser.

No importa si es hora, si es mes o es año,

la escala del tiempo no sabe de amor;

lo eterno es el bien que no causa daño,

el brillo sin mancha de un mundo mejor.

Para que este fuego mantenga su lumbre,

debemos darnos con manos abiertas;

hacer del respeto nuestra alta cumbre

y dejar del alma las puertas desiertas.

Tu identidad es un templo sagrado,

y la mía es el huerto que debo cuidar;

solo en libertad el amor es hallado,

solo en el respeto se puede habitar.

En cada latido de mi vida restaurada,

tú has durado siempre, de forma constante;

porque eres la luz de mi senda trazada,

un amor verdadero, un amor diamante.

No sé si hoy recojas de mi amor la cosecha,

o si en tu balanza mi entrega es igual;

pero mi alma camina segura y derecha,

con la frente limpia frente a tu umbral.

Tú eres mi faro, mi guía y mi centro,

la fuerza invencible que no se quebranta;

en el mapa del alma te llevo aquí adentro,

donde tu propia luz en mí se levanta.

El amor es eterno mientras la vida dura,

y en este presente te elijo mi centro;

tú eres mi paz, mi verdad, mi cordura...

¡el amor eterno que habita aquí adentro!

II

Te fuiste sin boleto, sin rastro, sin regreso,

dejando en el silencio tu aroma de mujer;

hoy suelto los amarres y te entrego en este beso

al único refugio donde vas a permanecer.

Mi madre te quería como el fruto de su vientre,

"cuídala —decía— que ya mucho padeció";

mis hermanos te honraron con un alma siempre ausente

del rencor o la duda que el mundo nos dejó.

Tú fuiste para todos la niña de mis ojos,

la joya que en mis manos yo quise proteger;

jamás busqué la jaula, ni sembrarte los abrojos,

solo quise que el cielo te viera florecer.

Si hubo sombra en mi rostro, si hubo un rastro de desvelo,

no fue ira, ni fue juicio, ni fue falta de piedad;

era el miedo de un hombre que sabe que eres cielo,

y que siendo un plebeyo, no igualó tu majestad.

Contigo viví un cielo caminando aquí en la tierra,

y a quien hoy me pregunta, yo le doy mi gratitud;

no hay reclamo en mi alma, no hay dolor ni hay guerra,

solo queda el perfume de tu amada juventud.

Estarás en mis mañanas, en mi tarde y en mi rezo,

aunque el tacto de tu mano ya no pueda yo sentir;

serás el manuscrito que en mi espíritu impreso,

me dicta las palabras que me quedan por vivir.

Fuiste tú mi principio y serás tú mi final,

el engrama sagrado que nadie borrará;

un perfume guardado en mi cofre sensorial,

que a pesar del destierro, jamás se marchará.

Que el viento te bendiga y que el mundo te reciba,

mientras yo sigo el curso de mi propio devenir;

no importa que la ausencia de mi paso sea enemiga,

si en mi paraíso interno... tú no dejas de existir.

Del único recinto donde nunca habrá expulsión,

es de este ser que un día tu esencia transformó;

te quedas en el centro de mi propia redención,

como el sol que, aun distante, mi barro iluminó.

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  • Autor: El hombre de la orquidea (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 14 de marzo de 2026 a las 00:14
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 1
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