Se levanta con las manos marcadas.
Trae en la mirada el rastro de jornadas largas,
de esfuerzos que no se anuncian,
de silencios que aprendieron disciplina.
Hay una aspereza leve en el gesto,
una firmeza que aún no se disuelve.
La semana no se va dócilmente;
hay que arrancársela del pecho.
El día avanza como una última prueba,
como si todo pidiera un esfuerzo final
antes de conceder la tregua.
Pero debajo de esa dureza
late otra corriente.
Una ansiedad dulce.
Una fiebre serena.
La imagen precisa de tu sonrisa
esperando regresar a casa.
Cuando el sol comienza a inclinarse
y las calles cambian su pulso,
algo se desarma.
La rigidez cede.
Los hombros se aflojan.
La respiración se vuelve más profunda.
Y entonces —ese instante—
el sonido breve al otro lado de la puerta,
tu señal diminuta atravesando la tarde,
y sé que estás ahí.
No hay épica.
No hay discurso.
Solo esa manera tuya
de sostenerme la mirada,
dejando caer el peso sin palabras,
como quien por fin se permite descansar.
Tus manos encuentran las mías
y la tensión se vuelve caricia.
La batalla se convierte en abrazo.
La firmeza en susurro.
El viernes no termina con estruendo.
Termina cuando apoyas la frente en mi pecho,
cuando tus labios se entrelazan con los míos
y todo lo áspero
se vuelve tibio.
Es el instante en que la ciudad pierde su ruido,
las exigencias se olvidan,
y el cansancio reconoce su derrota.
No celebramos con gritos.
Celebramos respirando juntos.
Porque la verdadera victoria
no es vencer al mundo,
sino llegar intactos el uno al otro
después de haberlo enfrentado.
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Autor:
sebastianRL (
Online) - Publicado: 13 de marzo de 2026 a las 20:49
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1
- En colecciones: El amor medido en días.

Online)
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