Recordando el amor bajo el estruendo del Yanuncay

El hombre de la orquidea

En Cuenca el cielo llora, la nube se estremece,

el Yanuncay desborda su cauce y su heredad;

el rugido del agua con el trueno crece,

mas hallo en tu imagen mi luz y mi paz.

No es el rayo herido que el viento atraviesa,

ni el eco de un suspiro que el tiempo borró;

el amor es la roca, el cimiento, la mesa,

el pacto sagrado que el alma selló.

Si el joven romance fue sueño y quimera,

el amor es el mapa que el ser hoy define;

es el viaje complejo que al "yo" desespera,

mas halla en tu puerto la luz que ilumine.

Aunque el trueno resuene con fuerza en la altura,

tu voz me susurra la paz que acompaña:

«Amor eres tú», por tu luz y cordura,

por sanar las grietas que el tiempo me ensaña.

Bendigo tu alma, tu esencia y presencia,

que otorga a mis días una nueva estancia;

te busco en la lluvia, te hallo en la elocuencia

de un lazo divino que acorta distancia.

Ya no busco el brillo de un fuego rastrero,

sino el amor sabio, el amor verdadero;

que el río prosiga su curso profundo...

¡mientras tú seas el faro que alumbre mi mundo!

Que rujan las aguas, que vibre el camino,

que el Yanuncay cante su fuerza y su ley;

yo guardo el amor como el don más divino,

siendo de mi calma el señor y el rey.

Bajo el estruendo la paz se agiganta,

pues quien ama en serio no teme al final,

y mientras la lluvia su verso levanta,

yo habito en tu luz... mi puerto ancestral.

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