Hoy amaneció
con un pequeño ruido en el pecho
—como si algo se hubiera caído
adentro—.
Nada grave, dijeron las paredes.
El vaso siguió siendo vaso,
la puerta siguió abriendo
con su costumbre de madera.
Yo también.
Caminé por la casa
dejando los pasos
en su sitio correcto.
Pero había una silla
que me miraba distinto.
No era tristeza.
Las sillas no saben de eso.
Era más bien
un modo torcido de quedarse quieta,
como si recordara
a alguien que se sentó demasiado tiempo.
El pan estaba tibio.
El café respiraba.
La calle hacía su trabajo de calle.
Y sin embargo
al levantar la cuchara
sentí que el día
había llegado tarde a mí.
No sé explicarlo.
Es como cuando un abrigo
todavía guarda el calor
de una persona
que ya no está en la habitación.
Uno lo toca
con cuidado.
Y después lo deja allí
colgado,
esperando que vuelva
el cuerpo
que alguna vez
lo sostuvo.
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Autor:
Noelia Beteta (
Online) - Publicado: 13 de marzo de 2026 a las 01:40
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
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