NO A LA GUERRA

Luis Barreda Morán

NO A LA GUERRA

La guerra nunca llama a la puerta con su nombre verdadero.
Siempre se disfraza de necesidad, se perfuma con palabras que en los diccionarios aún no manchan: "seguridad", "defensa legítima", "orden necesario", "futuro".
Llega vestida de abstracto, para que nadie se sienta aludido cuando empiecen a caer los primeros cuerpos.

Y después, cuando el humo se enreda en los balcones y las sirenas ya no son noticia, las palabras encogidas apenas sirven para nombrar lo que queda: un zapato en medio del escombro, una mano que asoma entre el polvo, el silencio que pesa más que cualquier metralla.

Porque la guerra no es épica, aunque la cuenten con himnos.
La guerra es logística: es el número exacto de balas, es el frío en la trinchera que no sale en los discursos, es el miedo metido en los huesos como un animal que roe, es el ruido que no cesa, ese zumbido que después se queda para siempre en el oído, recordándote que hubo un antes y un después.

La guerra es gente que no se conoce matándose por razones que no entienden, por decisiones que se toman muy lejos, en despachos con café caliente y manos limpias, donde la guerra es solo líneas en un mapa, números en una pantalla, riesgos calculados con frialdad de estadístico.

Habrá quien hable de guerras justas, de causas nobles, de sacrificios necesarios.
Los discursos siempre encuentran palabras para envolver la muerte.
Pero en la vida real la guerra no tiene grandeza: tiene madres que esperan un cuerpo que nunca llega, tiene niños que aprenden demasiado pronto a distinguir el silbido de un obús, a reconocer el olor del miedo en la piel de los suyos, a crecer con un agujero en la memoria.

La guerra tiene adultos que vuelven, pero no regresan del todo.
Vuelven con un trozo de alma enterrado en tierra extraña, con la mirada fija en algo que los otros no ven, con el sobresalto en cada puerta que se cierra, con la imposibilidad de explicar lo que es matar por la mañana y querer vivir por la tarde.

Decir NO A LA GUERRA no es ingenuidad, no es ignorar que el mundo es complejo y peligroso.
Decir NO A LA GUERRA es recordar lo más básico: que la paz no es un eslogan para pegar en las paredes, es un trabajo de cada día, es la decisión consciente de mirar al otro y reconocerlo humano, de saber que su dolor no me es ajeno, de entender que deshumanizar es siempre el primer disparo.

Y que nadie gana de verdad cuando el precio lo pagan los de siempre: los que no tienen nombre en los titulares, los que no aparecen en los informes, los que llenan las fosas comunes, los que se convierten en número, en estadística, en dato frío para justificar después lo que no tiene justificación.

Si hoy el ruido de la guerra te parece lejano, si crees que esto no va contigo, piensa una cosa: la guerra siempre empieza lejos, en países que apenas suenan en las noticias, en fronteras que no están en tus mapas, en conflictos que parecen de otros.

Pero la guerra tiene esa costumbre de ir creciendo, de ir buscando, de ir llamando puerta por puerta.
Hasta que un día, cuando menos lo esperas, deja de ser lejos.

Entonces entiendes que no hay guerras lejanas, solo guerras que aún no han llegado a tu casa.

Por eso NO A LA GUERRA.
Hoy, mañana, siempre.
En todas las lenguas, en todas las trincheras, en todos los despachos donde se cocina la muerte con palabras limpias y café caliente.

NO A LA GUERRA.
Porque después del ruido siempre viene el silencio, y en ese silencio lo único que queda es la pregunta que nadie quiere responder: ¿mereció la pena?

Y la respuesta, ya lo sabes, nunca la dan los que decidieron la guerra.
Siempre la pagan los que solo querían vivir.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Marzo, 2026.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 12 de marzo de 2026 a las 00:40
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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