Prosa:
El tiempo del corazón
Hay amores que estallan como la pólvora: un fogonazo cegador, un ruido seco, y luego el humo que se lleva consigo las cenizas de lo que apenas comenzó.
Pero el nuestro no.
El nuestro es un amor de horno de leña, de esos que se alimentan con la madera pausada de los días. Es el ascua que duerme bajo la ceniza de la rutina y que, cuando menos lo esperas, con un simple soplo de tu nombre, revive y calienta toda la casa del alma.
Tus gestos cotidianos son las varillas que avivan la brasa. El poso del café por la mañana, el libro a medias en la mesilla, el hueco de tu cuerpo en el sofá que aún guarda el calor de la tarde. Así te quiero. No en el incendio súbito, sino en la lumbre mansa que cruje y canta mientras fuera pasan los inviernos.
Porque el fuego lento no se apaga: se vuelve rescoldo. Y en el rescoldo, como en las palabras breves y verdaderas, habita la eternidad.
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II. Soneto (Amor lento)
No es el incendio súbito que abrasa,
ni el rayo que fulmina y pasa ciego;
es el lento quemarme de tu fuego,
la dulce hoguera que en tu calma escasa.
Es el paso menudo por la casa,
la caricia sin prisa que te entrego,
el pan compartido y el vino luego,
la mano que en la noche te traspasa.
Así mi amor, a fuego lento, vive,
cual rima que en el pecho se remansa,
sin prisa de llegar a su remate.
Porque al amor que en lo profundo arriba,
como el ascua que callada se abalanza,
solo la muerte puede disiparle.
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III. Décimas (Espinelas)
Amor de fuego sin llama,
de lento andar y querer,
que no es llama al parecer
pero que quema y que ama.
Lento manar de la rama
que da la savia al fruto,
callado, sabio y enjuto,
sin la prisa del momento,
va calando en el aliento
como un misterioso fluto.
No es el pasión de un instante
que llega y luego se va,
sino el amor que está ya
más fuerte y más adelante.
Es el suspiro constante
del que tejió su candado
con besos lentos, bordado
de paciencia y de ternura,
haciendo de la bravura
un nido para el cuidado.
Así te quiero, callada,
presente sin presentarte,
como el agua que borbota
en la peña sosegada.
Vas quedándote grabada
sin que sepa bien ni cómo,
en el hueso, en el carcoma
de mis horas más sencillas,
como brisa en las mejillas
que ni viene ni se asoma.
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IV. Romance
Era un amor de rescoldo,
de los que nunca se apagan,
que crecía con los días
como la hiedra en la tapia.
No tenía prisa el beso
ni el abrazo tenía ansia,
porque el tiempo era un aliado
que tejía la esperanza.
Las palabras eran pocas,
porque en el silencio hablan
esas cosas que el ruido
nunca entenderá en el alma.
A fuego lento, muy lento,
se iban curando las llagas,
se iban haciendo más fuerte
los nudos de la manada.
Y así pasaban los años,
como el agua en la montaña,
sin hacer ruido, pero abriendo
cauces de profunda agua.
Porque el amor verdadero,
como el buen pan, no se acaba:
se va haciendo cada día
en la lumbre de la casa.
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V. Alejandrinos (Versos de arte mayor)
Calladamente andas por dentro de mi pecho,
como el agua que horada la piedra, lentamente.
No eres el sol de julio que abrasa de repente,
eres esa luz quieta que nace del techo.
Tu amor es el anciano que fuma en la balconada,
mirando pasar la vida con ojos de conocimiento.
Es la palabra dicha en justo momento,
esa que no se espera y lo explica todo y nada.
Mi sed no tiene prisa, tu agua es de un pozo hondo
donde el cubo desciende con la calma del tiempo.
Y aunque arriba haya truenos y se desate el viento,
abajo, en las raíces, firmes nos escondemos.
Quiero quererte así, como la tierra al tronco,
sosteniéndote siempre, sin preguntarme el cómo.
A fuego lento, siempre, sin un solo asombro,
hasta que el leño, siendo, se vuelva polvo ronco.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: España, Madrid
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Autor:
Augusto Cuerva (
Online) - Publicado: 11 de marzo de 2026 a las 10:18
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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