Aquí estoy, Señor, con el aroma intacto,
de la infancia que corre en sagrado contacto.
Soy aquel que tras la pelota sus sueños tejía,
y al darla a otro niño, su luz descubría.
No busco el tesoro, ni el mando, ni el ruego,
mi regla de vida es la paz de este juego:
ofrecer el asombro, la risa, el detalle...
¡que el niño que habita en mi pecho no calle!
Yo soy la estructura, el sudor y el empeño,
el que hizo del libro su más alto sueño.
Entrené en la arena, luché en la academia,
buscando una meta que el cielo hoy me premia.
No temo al envite, ni al golpe, ni al daño,
pues Tú me enseñaste a vencer el engaño;
mis triunfos no son para el brillo del nombre,
son solo peldaños... para alzar a otro hombre.
Yo soy el que limpia de sombras la frente,
el que habita el ahora, calmado y presente.
Cerré la "clínica" de urgencias pasadas,
para ser el puerto de aguas calmadas.
Filtro la ingratitud, perdono el olvido,
abrazo al niño que nunca se ha ido;
mi paz es el fruto de un tiempo maduro,
que ya no le teme a ningún muro oscuro.
Hoy mis tres verdades se funden en Ti,
la melodía clara que siempre pedí.
Mi niño es la luz, mi joven la roca,
y el adulto la paz que Tu aliento convoca.
Gracias, buen Padre, por darme la medida,
por unir mis piezas, por darme la vida;
pues cuando me rindo y me siento pequeño,
es Tu fuerza, Señor... mi mayor desempeño.
-
Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 11 de marzo de 2026 a las 06:46
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: SienaR

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.