Aquí estoy, Señor, frente a Tu puerta abierta,
con la misma esperanza que en mi infancia despierta.
De rodillas me encuentro, sin nombre en la oración,
pues Tú sabes quién vibra dentro de mi atención.
Mis pensamientos huelen a lozanía y flores,
a fogatas de amor que no apagan dolores;
no espero los regresos, ni exijo que me añoren,
Ni siquiera pido que el tiempo y la vida me honren.
Me miro en el espejo de aquel niño que un día,
tras su primera pelota, con pasión correría;
el tesoro redondo, su sueño más preciado,
que un día, por amor, fue al otro entregado.
Pues vi en aquel otro niño, mi propio anhelo vivo,
y aprendí que dar alegría es mi mayor motivo;
desde entonces mi vida se trazó en ese empeño:
que sea el otro feliz... el dueño de su sueño.
Camino por el mundo con la frente limpia,
por la ruta que el alma con trabajo principia.
No me pesa lo dado, ni el bien que he brindado,
solo pido perdón por lo no realizado.
Que Dios me dé la vida para seguir soñando,
llevando la esperanza que sigo sembrando;
que el hombre que hoy soy, de mirada profunda,
con la paz de aquel niño, su destino fecunde.
-
Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 10 de marzo de 2026 a las 06:44
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.