I
La casa al borde del camino espera,
con muros viejos que murmuran frío,
sus puertas gimen cuando el viento altera
la sombra larga que atraviesa el río.
Nadie se acerca cuando cae la noche,
ni el perro ladra cerca del portón,
pues dicen viejos con temblor y broche:
allí respira un muerto sin razón.
II
Crujen las tablas bajo pies de nadie,
la luna observa con su luz quebrada,
y en cada cuarto duerme una desgracia
que fue por siglos maldita y callada.
Un eco lento corre por la sala,
como un suspiro que olvidó morir,
y en la ventana una silueta exhala
la vieja pena de volver a existir.
III
Dicen que un hombre cruzó aquel umbral
buscando abrigo contra la tormenta;
traía en los ojos un miedo ancestral
y un rosario viejo que aún lo sustenta.
Mas al tocar la aldaba de hierro negro
la noche misma dejó de latir,
y el viento helado, cual oscuro espectro,
sopló su nombre antes de partir.
IV
Entró temblando por la puerta abierta,
nadie respondió a su torpe llamado,
sólo una risa muy baja y desierta
nació del polvo que allí fue guardado.
Las sombras largas trepaban despacio
por cada muro cubierto de hollín,
y en el silencio del vasto palacio
algo lo miraba desde el confín.
V
De pronto oyó unos pasos muy leves
arrastrarse bajo el piso podrido;
no eran humanos ni eran muy breves,
parecían siglos buscando sonido.
El aire mismo se volvió más denso,
la llama triste de su vela cayó,
y en aquel soplo que vino suspenso
una voz vieja su nombre pronunció.
VI
—¿Quién osa entrar donde duerme la culpa?—
dijo la voz que brotó del rincón;
—quien rompe el sello también se disculpa
ante la noche que dicta prisión—.
El hombre huyó por la puerta cercana,
pero la casa cerró su razón,
y cada muro como oscura arcana
selló su paso con fría presión.
VII
En los espejos sin rostro ni dueño
apareció una figura torcida,
con ojos huecos que miran sin sueño
y manos largas de tierra podrida.
No caminaba: flotaba en silencio,
como una pena que olvidó su fin,
y en cada gesto de oscuro cadencio
traía un rastro de muerte carmín.
VIII
El hombre gritó contra el aire oscuro,
rogando al cielo que oiga su clamor;
pero la casa selló cada muro
con la paciencia de un viejo rencor.
Las sombras giran como negros cuervos,
las puertas tiemblan con ronco tambor,
y un frío soplo de siglos adversos
apagó el último resto de ardor.
IX
Cayó su vela sobre la madera,
todo quedó sumergido en negror,
sólo latía la noche entera
como un corazón lleno de horror.
Entonces vio, frente a su mirada,
rostros antiguos surgir del umbral:
eran los muertos que guarda la nada
dentro del polvo sepulcral.
X
Cada uno alzó su boca vacía
susurrando un nombre que no murió;
era el del hombre que en vida vivía
y que en la casa su fin encontró.
Sintió su alma caer lentamente
como una hoja vencida al azar,
y una tiniebla profunda y silente
vino su sombra para reclamar.
XI
Dicen que a veces, cuando hay tormenta,
un golpe seco sacude el portón;
nadie responde si alguien lo intenta,
pero se escucha un débil perdón.
Es el viajero que aún se lamenta
dentro del polvo de aquella mansión,
mientras los muertos guardan su afrenta
bajo la noche sin redención.
XII
Y si algún día pasas por el llano
donde la casa respira aún,
no pongas nunca tu débil mano
sobre el umbral cubierto de bruma.
Porque la puerta se abre muy lenta,
como esperando tu corazón…
y el viento oscuro que allí se alimenta
siempre reclama otro huésped más.
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Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Online) - Publicado: 10 de marzo de 2026 a las 00:15
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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