No hay remedio.
Lo digo sin rabia,
lo digo como quien acepta una sentencia
que ya estaba escrita desde antes de intentarlo.
Fue muy tarde.
Demasiado tarde para recoger lo que tenía,
para salvar lo que se me esfumó entre las manos
como un niño torpe
dejando caer su helado sobre el suelo caliente,
mirando en silencio
cómo se derrite lo que más quería
sin poder devolverlo a su forma.
Así se me fue.
Así se me fue el nosotros.
Ahora es lluvia en mi alma.
Nubes negras instaladas en el pecho,
un cielo cerrado donde no entra
ese rayo de luz
que alguna vez vivió en mi corazón.
Ese rayo que llevaba su nombre.
Prometí que después de esta relación
no habría más.
Que este sería el último intento.
La última vez que me permitiría creer
que podía ser suficiente para alguien.
Y aunque me digan
“ya vendrá alguien más”,
yo ya no quiero.
No quiero volver a empezar
con el miedo respirándome en la nuca.
No quiero volver a ilusionarme
para terminar contando pérdidas.
No creeré más en esa palabra
que se llama amor.
Porque entendí —tarde, pero lo entendí—
que parece una farsa,
una mentira bien adornada,
una promesa que exige perfección.
Que para amar hay que estar completo,
sin traumas,
sin heridas abiertas,
sin demonios que te despierten a las tres de la mañana.
Que no debes tener nada que te atormente
si quieres ser feliz.
Y yo estaba lleno de tormentas.
No hay remedio.
No para lo que se rompió.
No para lo que dejé caer.
Solo me queda este cielo gris,
esta promesa que me hice
de no volver a intentarlo,
de no volver a creer,
de no volver a pronunciar
esa palabra que ya no significa nada.
Porque cuando el amor te exige ser perfecto
para merecerlo,
deja de ser amor
y se convierte en juicio.
Y yo ya fui condenado
una vez y que es para siempre.
-
Autor:
Israel Rocafuerte (
Online) - Publicado: 9 de marzo de 2026 a las 22:24
- Categoría: Triste
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.