A ella, naturalmente

Joaquín Adduci

Van despojándose de mí las flores lindas y el Sol que las refresca. Raudamente se alejan, dormidas en este río, lago o inmenso mar que mis colores lleva: esos blancos que me desvisten y esos verdes que me completan, que me arrastran, que desde abajo me apialan. Allá y acá, erguido sobre esta alfombra de tierra asfixio mis manos tan profundo entre las hierbas para tocarme. Me encuentro y caigo, hasta mirarme. Caen los cantos que desde lejos me gritan, y por mi espalda se deslizan. No son lágrimas sagradas, tan sólo viejos Verbos que me acercan las palabras.

 Se deforma la mañana en círculos de hojas, y te veo caminando en blanco camisón, pisando la brisa, bajando la escalera de ventiscas que te traen a la hierba. No hay cielo que no te siga, todos vestidos de atardeceres, noches y océanos. Te dejás caer sobre el pasto y ellos se chocan, se caen sobre vos; las mareas y los cielos se mezclan y es su fantasma de sal el que queda surcando tu pecho.
 En tu rostro pálido es algo así como la madrugada, y la alfombra negra que guardan tus talones estornudan su circo de pelusas y te visten de estrellas. Las manos frías y flacas que auguran su violeta, truenan sus coros de tormenta y las sacuden lentamente como los pétalos que de tu pelo se desprenden. Se oye la mudanza de los dioses debajo de tus telas, como arrastran sus muebles de agua y  como te desnudan con premura. Todo se adhiere a la piel congelada.
 Te volvés entretanto amarilla, entretanto glauca, entretanto violeta, pero siempre sobre la blanca azúcar que es tu piel.

Siempre te he esperado, mi reina sagrada, y te contemplo muerta viniendo hacia mí para besarme, reverdecerme, enfriarme por total de luces y finales. Alguno de tus oídos advierte mi aliento, mi deseo de desnudez, y algún sector de mi pecho, entonces, siente tus yemas seculares minar; desgarrar hasta los últimos hombres de mi piel. Los estrujás con tus palmas; sólo te dejan una mancha negra. Te hacés vieja.
 Mi torso al descubierto expresa mis costillas, mi corazón, mis pulmones; toda esa maquinaria timorata que se llena de rojas burbujas, de alfiles moscardones que rescatan a los gusanos perdidos. Ambos nos reímos. Te comés las moscas, los gusanos, mis órganos; te hacés vieja y tus charcos de sombra ahora son desagües; cordones de vereda donde la basura es ahogada y por entre todo aquello es que yo floto.
 Mi bigote largo, de viejo. Mi piel arrugada es una triste balsa que se arrastra con todo lo que encuentra; sobre ella floto yo de pie, devenido en niño. Atravieso todo los misterios de tu libertad buscando a tu reina, y las larvas, risueñas, me enteran que no existe tal. En todo caso, estás tan vieja que tu piel también se derrumba, arrastra todo; destruye todo.
Entre los libros mojados de tus ojos muertos es que aparece tu niña saltando; toda vestida de blanco y me acaricia. No existen motivos para el llanto en la muerte. Reinventás la hierba, los cielos y las aguas, y la explicás en triángulos sobre mi cuerpo de niño muerto.
 
Y es que estoy muerto en mi cama, entretanto por fuera mi madre baldea el patio, las vecinas chusmean su locura en la vereda y todo sigue siendo el mismo día que hace tantos años.
 Levantás las persianas, gritás fuerte, y nadie te mira ni te escucha; las viejas se inquietan, se incomodan, algo perciben:
 -Che, me duele la rodilla- Le comenta Gladys a Mirta.

-¡Lluvia!- Le responde -A mí también me duele-
 
Inadvertida, entonces, apretás con tus dientes podridos mis labios gruesos: me los arrancás y exangües musitan sus gaviotas, espermas rebeldes, y dibujan sobre tu vagina un silencio descomunal.
 Tu vagina es un sauce llorón que contradice nuestros cuerpos pálidos. Tus labios se desparraman como anclas sobre todo lo que encuentra y lo arranca, lo arrastra. La goma espuma del colchón se inmiscuye adentro tuyo, adentro mío y nos volvemos enseres cuyo fin es diagramar un paisaje imperfecto entre el cielo y el infierno: una imagen colosal llena de letras cuya gramática es irregular, cambiante, moldeable según la fealdad de los cadáveres... ¡Y es que los nuestros son preciosos! Si toda la vida me he preparado para vos, me he despeinado para vos; me he arrugado para vos. Y acá estoy, expreso ante vos, y vos también lo estás ante mí.
 Vos, tan fresca, que has sido niña, mujer y vieja al mismo tiempo y sobre mí. Yo, tan fresco, que he sido niño, hombre y viejo al mismo tiempo y sobre vos. Y nosotros, tan frescos, que hemos sido todos los tiempos al mismo tiempo y que por eso es que estamos muertos, expresados cetrinos en una cama de plata siendo violados por las hierbas de la inexistencia, que no son otras más que los yuyos de nitrilo que raspan a los bebés y que raspan a los muertos.

Estamos muertos, maquillados; a la espera de casarnos. Te rocían algo así como perfume; me rocían algo así como perfume. Nos guardan en la heladera y por ahí es donde nos besamos, donde hacemos el amor a escondidas y donde nos perdemos en nuestra luna de miel eterna.
 Nos ahogamos en las playas de miel y nos rebosamos con la arena mientras el sol nos fríe como un pez, y un banquete de ranas y escarabajos nos devoran. Todos nos devoran porque el tiempo del otro lado es un misterio.
 
Todo lo que pueda decirte acaba de morir, de entregarse por siempre a las reglas de nuestra humilde casa en este barrio de olvido y de silencio. Entonces por siempre es que te amo. Entonces por siempre es que me callo. 

 
  • Autor: Joaquín Adduci (Online Online)
  • Publicado: 9 de marzo de 2026 a las 15:57
  • Comentario del autor sobre el poema: Fragmento de mi novela.
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 1
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