Sobre las injusticias y la boca

Alexandra Quintanilla

El velo se cae del rostro.

Si me piden guardar silencio, lo haré a su debido tiempo.

Pero ante las injusticias… gritaría en todo momento.

Tal vez las he visto más de lo que las he vivido.

¡Vaya si Dios es grande por ser así!

Pero bueno, demostrar temor es abrigar el ego del victimario,

construirle una casa y comenzar a ser su esclavo.

Y a mí la libertad me ha llamado desde el nacimiento.

Y sobre la conciencia,

un tema fundamental que me enseñó un ser que ahora espera la hora del receso.

Me dio buen amaestramiento, me educó a buen ritmo y me dio las palabras precisas:

“No te dejes de nadie y no causes un mal ajeno.”

Ahora está en reposo por todo lo que fue.

La gente de buen corazón educa bien.

Sobre la conciencia siempre hablo de ella diciendo que puede ser la peor tortura.

Pero muchos la esconden tanto que hay que gritar todo lo que sea posible para que despierte.

Y si no despierta —porque hay gente demasiado terca— hay que hacer lo posible para que ese mal inconsciente solo rebote en ellos mismos, sin mayor fuerza que la difusión.

A mí me enseñaron a señalar con palabras.

A mí me enseñaron que pesa más un lápiz que un arma.

Tiene más tacto, tiene más recato.

Es la forma más educada de dialogar sobre las cosas que pasan.

Porque hay que hablarlas.

Si se barren bajo la alfombra no solo puede ser basura acumulada:

pueden ser bombas de tiempo para uno, para quienes uno ama.

Para eso se creó la boca:

no para repetir como loro, sino para hacer uso de esa extraordinaria conexión entre la boca y el cerebro, de esa región que nos permite convertir pensamientos en palabras: el Área de la Broca.

Por algo esa área está sumergida, como se sumergen las tortugas en el mar infinito del lóbulo frontal del cerebro humano.

Una cosa tan preciosa la anatomía como la moral,

como la elección de ser un ser transparente.

Porque el ser humano no fue hecho solo para pensar, sino para decir lo que piensa.

Para reclamar las injusticias.

Para no temerle a nadie, sino a quien hace el mal.

Y sí, todos hacemos mal de alguna forma,

pero me refiero a un mal más profundo:

derramar sangre o hacer llorar pérdidas ajenas con daños colaterales.

Hace tiempo hablaba de la ley moral y sobre Kant: hacer lo que uno quiere sin dañar a los demás.

De eso se trata el libre albedrío: de estar consciente de que soy libre de hacer lo que desee y responsable de asumir las consecuencias.

Pero cuando el daño existe,

hay que hacer que todo estalle por la justicia.

Para eso existe la comunicación.

Para eso existe la palabra.

Para eso existe la libre expresión.

Para detener todo acto que implique violencia.

Un vómito de impunidad.

El miedo es el arma favorita de quien carece de humanidad,

y una soga para quien ve, pero ha aprendido a callar.

Hablar no es solo pronunciar palabras,

sino que esas palabras tengan sentido.

El cambio no ocurre cuando uno simplemente decide apartarse del mundo y dejar que todo gire.

Es tan cómplice quien calla como quien dispara.

No tiró del gatillo, pero aprieta la lengua,

y eso puede tener casi la misma fuerza que un disparo a quemarropa.

No nací para callarme.

Ese siempre ha sido un problema con mi persona.

El problema es que gritando di señales de vida desde el parto.

Y…

El problema que tengo con el mundo es que no entiende algo simple:

solo hablo cuando algo realmente importa.

Solo escribo cuando algo me provoca.

 

  • Autor: AleQ (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 9 de marzo de 2026 a las 02:43
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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