Yo solía no tener horas en mis días —no es una queja, sino una confesión dulce—.
Las mañanas se deslizaban como un hilo de luz: un paseíto por la orilla, los pies desnudos besando la arena fría, el mar abriéndose en un rumor que me parecía una antigua canción. Todo comenzaba así, y parecía que el día entero cabía en ese primer aliento.
Después venían los talleres lúdicos: salas llenas de manos, miradas que se descubrían, risas que brotaban como chispas. Aprendía con la absoluta convicción de quien sabe que aprender es renacer. Cocinaba con las más ricas especias: el acto de preparar comida era un rito de amor. Cada pizca era un deseo lanzado al tiempo; cada olla, una promesa. La mesa servida, el brindis, la gracia de los pequeños ritos cotidianos que dignifican la vida.
Las siestas eran de lectura, siempre con un matecito de yuyos en la mano —mis hijas solían burlarse—. “Eso no es mate”, me decían entre risas, y qué cosa tan maravillosa era escuchar reír a mis hijos. Las tardes las dedicaba al jardín, a la escritura y a planear viajes que todavía existían como mapas en mi cabeza. Mis días estaban llenos de magia: amigas, cafecitos, olor a mar pegado en la ropa, hijos y nietos.
Hoy, en cambio, me encuentro acá, frente a una ventana que me mira más de lo que yo la miro. No puedo moverme como antes; las horas son muy lentas. Una paloma viene a visitarme cada mañana creo, o espero y trae consigo ese rumor simple de las cosas que siguen siendo posibles, aunque yo las toque sólo con el recuerdo.
Ya no veo el mar con la claridad de antes; ya no tomo esos cafecitos que humeaban historias en la taza; el olor de las especias vive únicamente en la memoria de mis manos. Puedo girarme un poco y veo a mi hija: sus ojos están tristes, pero en ellos hay una paciencia que pesa y una ternura que me sostiene. Rezo, o más bien susurro deseos, por un nuevo viaje. Me duelen los ojos de mirar la nada; a veces prefiero cerrarlos y dejar que el mundo piense por mí.
En medio de esa oscuridad que a veces me visita, mi hija se acerca. Me abraza y me dice —“Qué linda estás hoy, mami. Ahora sí me duermo un ratito.”
Y en ese abrazo, en esa frase sencilla y perfecta, vuelvo a tener horas. No las de antes, largas y sin prisa, sino unas pequeñas horas de luz que caben dentro de un latido, un mate compartido en memoria, una pizca de especias imaginadas, la piel de la paloma posándose en la ventana. Son horas prestadas por el amor y me bastan.
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Autor:
Vale Moran (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 7 de marzo de 2026 a las 07:56
- Comentario del autor sobre el poema: Este poema transforma el dolor de la muerte de mi madre en escrito, pude canalizar a traves de mucha escritura lo que transité.\r\nespero les guste\r\ncon amor Vale
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: Any🌹

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