I
Te escribo ahora que el cuarto se ha quedado
con ese hueco suave de tu voz;
la taza enfría el borde de la tarde
y el día aprende a pronunciar tu adiós.
No hay ruido, solo un hilo de costumbre
que insiste en pronunciarte sin razón;
te escribo como quien abre una ventana
para que vuelva un poco el corazón.
II
La casa guarda formas que te nombran:
la silla, el libro, el gesto de esperar;
la luz se queda un rato en la cortina
como si preguntara dónde estás.
Camino por pasillos conocidos
y todo me responde con tu andar;
qué extraño es conversar con los objetos
que saben que no vas a regresar.
III
No sé en qué sitio habita ahora tu risa,
ni qué caminos sigues al partir;
solo sé que tu ausencia tiene peso
como una puerta que no quiere abrir.
A veces creo oírte entre los pasos
del viento que atraviesa el corredor,
y giro, como quien despierta tarde,
buscando todavía tu calor.
IV
Te escribo sin esperar una respuesta,
como quien habla al fondo de la mar;
las cartas que no llegan a destino
también aprenden lento a navegar.
Quizá algún día el tiempo las recoja
y vuelva tu recuerdo a contestar;
mientras tanto mi voz sigue insistiendo
en todo lo que no supe nombrar.
V
Recuerdo aquella tarde entre los árboles
cuando la luz caía sobre el río;
hablábamos de cosas tan pequeñas
que ahora parecen vastas en el vacío.
Entonces no sabía que los días
se guardan en silencio al terminar;
ni que un instante puede ser un mundo
que vuelve sin permiso a respirar.
VI
La noche trae preguntas muy antiguas
que nadie logra nunca responder;
¿en qué rincón del tiempo se detienen
las manos que dejamos de tener?
Tal vez no haya distancia verdadera
para lo que aprendimos a querer,
tal vez la ausencia solo sea un puente
que no sabemos todavía ver.
VII
A veces me descubro conversando
con ese eco suave de tu voz;
le cuento lo que pasa cada día
como si aún vivieras entre los dos.
Le hablo de la lluvia en la ventana,
del viejo parque donde solíamos ir;
y el eco me devuelve tu sonrisa
como una forma lenta de existir.
VIII
He puesto tus recuerdos en la mesa
como quien guarda flores al pasar;
no para que se queden detenidos,
sino para volverlos a mirar.
Hay cosas que la vida no desata,
nudos que el tiempo aprende a respetar;
tu nombre es uno de esos silencios
que el alma nunca quiere abandonar.
IX
Hoy la ciudad camina indiferente,
los trenes siguen yendo hacia el mar;
el mundo continúa su costumbre
de no saber quién falta en su lugar.
Pero yo sé que algo cambió en la tarde
desde el momento mismo en que te vas;
porque incluso el viento de la calle
parece preguntarme dónde estás.
X
Te escribo mientras cae lentamente
la sombra azul del día sobre mí;
las horas se deslizan como agua
que nunca vuelve al punto en que partí.
Quizá mañana aprenda a no buscarte
en cada gesto breve de la luz;
pero esta noche el alma se resiste
a comprender del todo tu quietud.
XI
Si alguna vez el tiempo nos reúne
en otro borde suave del azar,
quiero contarte todo lo que guardo
desde la tarde en que te vi marchar.
Tal vez entonces rías de estas cartas
que nunca se atrevieron a viajar;
y digas que el amor no se termina
solo aprende otra forma de quedar.
XII
Por ahora dejo aquí estas palabras
como quien deja un faro en la marea;
no sé si un día llegarán a tus orillas
ni si tu voz todavía las rodea.
Solo sé que escribirte me sostiene
mientras el mundo vuelve a respirar;
porque incluso en la ausencia más profunda
tu nombre me acompaña al caminar.
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Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Online) - Publicado: 7 de marzo de 2026 a las 04:56
- Categoría: Carta
- Lecturas: 1

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