Al principio no hubo palabras.
Solo expansión,
silencio ardiendo
desde el primer latido del cosmos.
Las estrellas aprendieron a encenderse
obedeciendo números invisibles.
La gravedad dibujó curvas en la noche
y el espacio aceptó
la lógica secreta del universo.
Durante miles de millones de años
nadie miraba.
Las galaxias giraban
como relojes sin conciencia,
y la materia seguía las ecuaciones
sin saber que eran ecuaciones.
Pero en un pequeño planeta de polvo estelar
la materia comenzó a recordar.
Primero fue la vida,
ese temblor obstinado contra el vacío.
Después el cerebro,
una red de relámpagos diminutos
capaz de imaginar lo infinito.
Y entonces ocurrió algo extraño:
el universo abrió los ojos
desde dentro de sí mismo.
Un ser humano miró al cielo,
descifró un fractal,
comprendió una ecuación,
pronunció el nombre de las estrellas.
No estaba conquistando el cosmos.
Estaba reconociéndose.
Porque la lógica que sostiene las galaxias
late también en la mente que las piensa.
Y en ese instante silencioso
en que una conciencia comprende,
el universo se inclina sobre sí mismo
como un espejo antiguo
y se dice, por primera vez:
Soy.
Y el hombre, mirando el cielo, susurra:
Entender el cosmos es, al fin, volver a casa.
Antonio Portillo Spinola
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 6 de marzo de 2026 a las 14:10
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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