El vetusto reloj ha enmudecido en la estancia,
justo cuando tu sombra perdió su fragancia.
Las hojas secas alfombran ya el camino,
y el invierno reclama su gélido destino.
Hay un silencio denso, una paz que se expande,
y una luz tan pequeña que el alma la hace grande.
El tiempo se detuvo, ya no pronuncia tu nombre,
dejando en el vacío la soledad de un hombre.
Pero no hay ausencia donde el eco se queda,
grabado en el pecho, aunque el mundo no crea.
Un tatuaje invisible de lágrimas y de ruego,
forjado en la fragua de mi espíritu ciego.
Está grabado allí, con el néctar de tus labios,
un secreto sagrado que solo entienden los sabios.
Aunque el reloj no marque la hora del regreso,
vives en el latido que nació de aquel beso.
Allí estarás por siempre, más allá de la historia,
tatuada en la carne de mi propia memoria.
Porque el tiempo que muere para el mundo de afuera,
en mi nido transformado... es eterna primavera.
Navegué por los mares del silencio y la ausencia,
con la fe por bandera y el amor por esencia.
Fue larga la travesía, de sombras y de frío,
buscando en el horizonte la calma de tu río.
Cada herida en la madera fue una lección sagrada,
cada racha de viento, una fuerza encontrada.
No vuelvo con las manos vacías del ayer,
traigo un alma restaurada que ha sabido crecer.
He tallado en el nido la paz que te mereces,
donde el perdón habita y la esperanza crece.
Mi viaje no fue en vano, pues hoy puedo decir:
que restaurar el alma es la forma de vivir.
Ya no busco confrontaciones, solo busco el sosiego,
ser la luz de tu vida y el calor de tu fuego.
La travesía termina donde empieza tu abrazo,
uniendo nuestras vidas en un eterno lazo.
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Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de marzo de 2026 a las 06:43
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Offline)
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