De Austin Mora Badilla desde el día más importante de su vida
Ante lo que presencié antier, decido soltar la pluma… que corra sola por la concepción de esta revelación. Porque hay momentos en la vida en que el hombre deja de escribir y es la experiencia la que empieza a dictar; momentos en los que la conciencia se queda en silencio, como un testigo pequeño frente a algo demasiado grande para las palabras.
Antier vi la vida salir del misterio. Vi el cuerpo de una mujer abrirse para que el mundo pudiera recibir un nuevo latido, y en ese instante comprendí algo que quizá los hombres caminamos décadas sin entender: la magnitud de la mujer no pertenece al territorio de la admiración… pertenece al territorio de lo sagrado. La mujer es la creación más perfecta de Dios.
No perfecta en el sentido superficial que el mundo ha querido imponerle, sino perfecta en la arquitectura profunda con la que fue diseñada para sostener la existencia. Porque la mujer tiene la capacidad de entregar su propio cuerpo para que otro cuerpo respire; puede soportar el dolor, atravesarlo, mirarlo de frente… y aún así levantarse para amar.
Mi esposa pasó por un procedimiento que a los ojos de cualquier hombre parece una batalla: la carne abierta, el silencio del quirófano, la fragilidad de la vida suspendida en manos humanas. Y seis horas después se levantaba de la cama para ir a alimentar a nuestra hija. Seis horas.
En ese momento algo dentro de mí se quebró, o quizá algo dentro de mí despertó, porque entendí con una claridad brutal que nosotros, los hombres, solemos vivir bajo una ilusión de grandeza que en realidad no nos pertenece.Nosotros somos fuerza, protección, coraje e impulso… pero la mujer es origen.
Nosotros enfrentamos el mundo; la mujer lo crea. Nosotros defendemos la vida; la mujer la entrega. Y ahí, frente a esa verdad desnuda, entendí que la arrogancia masculina muchas veces no es más que ignorancia.
Hay demasiados patanes creyéndose hombres, demasiados culicagados caminando por la vida con una idea inflada de lo que significa serlo. Tal vez si todos ellos estuvieran obligados a presenciar un nacimiento, si vieran el cuerpo de una mujer abrirse para que la existencia tenga camino, si vieran el dolor convertirse en alimento, en cuidado y en ternura, tal vez entonces recordarían algo esencial: que todos venimos de ahí.
Que cada hombre que hoy camina, habla, grita, presume o desprecia alguna vez fue un ser indefenso sostenido por una mujer que atravesó ese mismo umbral de dolor para traerlo al mundo. Tal vez entonces aprenderían a mirar a la mujer con la reverencia que merece.
Porque después de lo que presencié antier entendí algo que no admite discusión: ante la perfección de la mujer, el hombre apenas comienza a entender lo que significa la verdadera grandeza.
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Autor:
Austin Mora (
Online) - Publicado: 6 de marzo de 2026 a las 02:29
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
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