A la luz le ordenó que se marchara.
Repitiendo su mantra.
(Sí, me quemé… pero volé;
me alcé sobre sus alas
y contemplé sus paisajes:
desiertos silenciosos,
murallas antiguas
y zaguanes abiertos al tiempo.)
La luz apenas parpadeó,
imperturbable.
Una y otra vez escupía palabras,
oscilando entre la fe y el escepticismo,
mientras una sonrisa cínica
se dibujaba en el umbral de su destino.
Observaba sus pasos al caminar;
la neutralidad de sus pies
trazaba una extraña balanza
entre la derrota y el triunfo.
Las palabras y la voz que tanto amó
eran ahora solo ruido de aventuras,
ecos lejanos;
y su presencia,
la de un espectador de relleno
perdido entre bastidores.
Aquel que se inmoló
por acercarse demasiado al sol.
El mantra volvía a repetirse
(Sí, me quemé… pero volé;
me alcé sobre sus alas
y contemplé sus paisajes:
desiertos silenciosos,
murallas antiguas
y zaguanes abiertos al tiempo.)
Y su sonrisa, torcida en medio lado,
dejaba entrever el leve cinismo
de aquel ensayo que la mente escribía
en las páginas invisibles del pensamiento.
Cuyo título —breve y severo— era:
lucidez amarga.
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Autor:
Miguel Aiuqrux (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 5 de marzo de 2026 a las 21:49
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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