I
Alegría que naces en silencio
cuando el alma despierta en la mañana,
como un claro fulgor en la conciencia
que ninguna penumbra desengaña.
Eres brisa que cruza por la vida
cuando el día comienza a florecer,
y en tu luz se disuelve la fatiga
que la noche dejó sin comprender.
II
No vienes siempre con rumor de fiesta
ni con música fuerte en la ciudad;
a veces eres leve como el viento
que atraviesa la hierba sin hablar.
Pero cuando tu llama se levanta
todo el mundo parece respirar,
como si el corazón de cuanto vive
recordara su antiguo despertar.
III
Eres risa nacida de la tierra,
eco claro del júbilo profundo;
eres canto que brota en la conciencia
cuando el hombre se siente parte del mundo.
En tu nombre los campos reverdecen
y las manos se buscan sin temor;
en tu luz los caminos se revelan
como promesa abierta de calor.
IV
Tú levantas al alma fatigada
cuando el peso del tiempo quiere caer,
como aurora que rompe la neblina
sobre el frío horizonte del ayer.
Y en tu soplo la vida se renueva
como río que vuelve a comenzar,
pues tu música secreta nos recuerda
que el espíritu sabe renacer.
V
Alegría, chispa viva de la vida,
claridad que ningún dolor venció;
cuando tocas la frente de los hombres
algo antiguo en su pecho despertó.
No hay distancia que rompa tu camino
ni tristeza que logre oscurecer
la semilla luminosa que has dejado
en la tierra profunda del querer.
VI
En la voz de los niños resplandeces,
en la risa que corre por el hogar;
en el gesto sencillo de una mano
que sin miedo se ofrece a levantar.
Eres fuerza que vence la costumbre
de mirar el mundo con temor;
y en tu nombre la vida se pronuncia
con la claridad de un nuevo sol.
VII
Cuando vienes la tarde se ilumina
y las sombras se vuelven claridad;
las ciudades respiran otra música
y el cansancio se vuelve libertad.
Eres lámpara viva de los días,
eres júbilo puro del existir;
y quien bebe de tu fuente secreta
siente el mundo en su pecho latir.
VIII
Alegría, levántate en los pueblos
como un canto de viento y de verdad;
que tu llama disuelva las fronteras
que separan al hombre de su paz.
Que tu voz atraviese las montañas
y los mares aprendan a escuchar
la promesa de un mundo más humano
que en tu nombre comienza a despertar.
IX
Porque tú eres memoria de la aurora
que en la vida primera amaneció;
eres rastro del fuego de la existencia
que en el alma del hombre se encendió.
Quien te encuentra comprende de repente
que la vida no es sombra ni pesar,
sino un vasto milagro que respira
en el simple acto de amar.
X
Tú transformas la lágrima en semilla
y la herida en promesa de brotar;
en tu luz los caminos se esclarecen
y la noche aprende a declinar.
Eres puente invisible entre los hombres
cuando el odio parece dominar;
y en tu canto la historia se ilumina
con la música viva de la paz.
XI
Que tu llama nos guíe en los caminos
cuando el mundo parezca oscurecer;
que tu canto nos lleve nuevamente
a la fuente primera del querer.
Porque tú eres la voz de la esperanza
que en silencio no deja de crecer,
como un árbol que alza su follaje
en la claridad del amanecer.
XII
Alegría, hermana de la vida,
luz secreta del alma universal,
que tu nombre resuene en cada pecho
como un himno profundo y natural.
Y que el hombre recuerde en tu presencia
la verdad sencilla de su ser:
que vivir es un canto compartido
que en tu llama vuelve a florecer.
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Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Online) - Publicado: 5 de marzo de 2026 a las 15:04
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

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