Críspulo no acababa de ser feliz, el trabajo, verdaderamente extenuante, le dejaba cao a diario; el levantarse cada día, una odisea, y esto no fue horror de un día sino que se prolongó el tiempo suficiente para que la baja laboral tomase consistencia. Diez años consecutivos de laborar duro, diario, en lo profundo del suelo, un suelo arcilloso pero metálico, duro como el hierro, y cuya destilación y aceración se tornaron la base económica de su pueblo, lo que empleaba al grueso de una población que, gracias a estas labores extractivas, podían aferrarse a su tierra, en la que de pequeños jugaron, avanzaron hacia arriba, aprendieron los rudimentos de un vivir acaso precario, y, prendidos con fuerza por sus raíces, no podían ni querían abandonarlo. Críspulo se ofrecía al mundo como el heredero de una saga férrica ya ancestral en esos lares, no en vano la mina ya era extirpada de sus frutos en tiempos romanos, y él defiende que su mayor ancestro proviene de esa época, aunque me temo que sea un farol. Críspulo se lo estaba pensando, se lo viene pensando desde hace ya tiempo, sus pulmones parecen un recogedor de escoba por el polvo que ya acumula en sus paredes, y la salud la siente que se le agota. Su esposa le pide que pare, que recapacite (sus hijos igual). Críspulo llora sin lágrimas pero llora, se siente desertor de una tradición que pesa quintales métricos pero no tiene otra; o muere en la mina o muere fuera —mejor fuera, ¿no?—.
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Autor:
Albertín (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 5 de marzo de 2026 a las 08:41
- Comentario del autor sobre el poema: A veces hay que romperse por dentro, si no hay remedio...
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 4

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