Camino tranquilo, despacio, sereno.
Hasta que, de un momento a otro, alguien rompe un plato en mi interior,
y mil astillas vuelan en todas direcciones,
poniendo en alerta todos mis sentidos.
Alguien aparece y desordena los planetas,
las hojas del calendario,
los almohadones del sillón.
En tan solo unos instantes,
todas las horas tienen su nombre,
y mis tímpanos, su sonrisa impregnada.
Mi desvelo tiene su olor,
y mi respiración —que ya no le interesa ni el aire que necesita para vivir—
solo pregunta por la fragancia de su cuello.
Y mis pasos ya no son lentos,
ya no hay rastros de mi caminar tranquilo:
ahora son torpes pisadas, dependientes,
que solo buscan la manera de acercarme todo el tiempo.
No quiero que nada te mueva de mi lado,
no quiero que nada te lastime,
aunque sé que es probable que sea yo quien lo haga,
tarde o temprano.
Y ya no me reconozco,
ni a mí, ni a toda esta intensidad que no tiene sentido,
hasta que te pregunto,
y el mismo sinsentido brota de tus besos
para afirmar que te sucede lo mismo.
Juzgamos al universo,
de maniobrar a nuestro favor o en nuestra contra.
Coincidir es una trampa,
un torbellino en el agua del cual no hay retorno.
Quedamos atrapados en un bucle de miradas,
resguardándonos de cualquier futuro incierto,
atrapados por las pieles, por la culpa y el deseo,
en una tormenta de nieve que todavía no comenzó.
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Autor:
Vancouver (
Online) - Publicado: 4 de marzo de 2026 a las 02:10
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Online)
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