Yo no sabía que el alma se perdía en el frío,
al amarte en silencio, sintiendo el vacío;
habitar en el «casi», amar sin tener nombre,
en un umbral de olvido donde el hombre se esconde.
Tus ojos me daban ternura y cuidado,
mas el amor sagrado se vive estando al lado;
y yo allí me quedaba, desafiando el final,
buscando en tu sombra un refugio vital.
Tus letras eran miel si el pecho crujía,
alba en la madrugada cuando el alma dolía;
pero el amor no es sombra ni historia escondida,
es la antorcha que alumbra nuestra propia vida.
No quiero ser el eco que el silencio confunde,
ni el rastro de un beso que en el miedo se hunde.
Si amarte me condena a ser un ser invisible,
prefiero soltarte… aunque duela lo indecible.
Tú puedes amar sin que el mundo se mueva,
mas el alma renace cuando el otro la eleva;
no hay reproche en mis labios por lo no prometido,
pues hoy soy un hombre que no vive vencido.
Tu voz fue aquel manto que el frío espantaba,
mas no es hogar el refugio si el sol no se quedaba;
el amor es entrega, es valiente elección,
es la luz que funde a cualquier corazón.
No seré más tu sombra ni una gris memoria,
seré el fuego vivo de nuestra propia historia.
Porque amarse no es verse desde un sitio estrecho,
es saber elegirse con la paz en el pecho.
No todos se pierden cuando el paso se aleja,
hay quien se encuentra justo cuando el otro lo deja;
mas si un día decides, por fin, elegirme,
aquí hallarás mi templo, con el alma firme.
Porque el amor es el puente que el cielo nos da,
un perdón sin fronteras que todo sanará;
te amaré hasta que el tiempo detenga su carrera,
pues quien ama de veras… eternamente espera.
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Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 3 de marzo de 2026 a las 06:45
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Offline)
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