LA CARRETA DE LA MUERTE (Mito dominicano)

JUSTO ALDÚ

En Constanza las noches no caen: se derraman. Bajando despacio desde las montañas, la neblina se enrosca en los pinos y los techos de zinc como si alguien estuviera soplando un secreto muy antiguo. A esa hora, cuando el frío muerde las orejas y hasta los perros duermen con el hocico escondido bajo la cola, es que suena.

Primero, un crujido leve.

Después, el rodar de madera contra piedra.

Y, por último, ese gemido largo que parece venir del mismo pecho de la tierra.

 

—Ahí va… —murmuró una vez doña Eulogia, persignándose frente a su puerta—. La Carreta.

 

Yo tenía doce años cuando la escuché por primera vez. Vivíamos al borde del camino que conduce hacia las parcelas de repollo y zanahoria. Mi padre decía que esas eran habladurías de viejas sin sueño. Mi abuela, en cambio, apagaba el quinqué apenas oía el primer chirrido. Yo fingía que no me importaba, pero esa noche me dolía una muela que nunca le dije a nadie, y recuerdo que me apretaba la mejilla con la palma como si así pudiera empujar el miedo hacia afuera.

 

—Mijo, cuando suene, no mires pa’ fuera —me decía en voz baja—. Que lo que no tiene sombra no quiere testigos.

 

Aquella noche el aire estaba tan frío que parecía recién sacado del río. El silencio era un cristal fino, y de repente… crack… cruuuj… cloc, cloc, cloc. Como si ruedas invisibles golpearan las piedras del camino. 

Me levanté de la hamaca sin hacer ruido. La curiosidad puede más que el miedo cuando uno es muchacho, aunque después uno lo niegue. Me acerqué a la ventana y aparté apenas la cortina.

Nada. 

Ni una luz. Ni un buey. Ni un cochero.

Pero el sonido estaba ahí, avanzando despacio, justo frente a la casa.

Las ruedas parecían hechas de huesos secos. El eje rechinaba como una garganta vieja. Y sin embargo, no había polvo levantándose, ni sombra proyectada por la luna.

 

—¡Muchacho! —susurró mi abuela detrás de mí, agarrándome por el hombro—. ¿Tú quieres que te vean?

 

—Pero abuela… no hay nada.

 

Ella apretó los labios.

 

—Eso es lo peor.

 

La Carreta siguió su camino hacia el centro del pueblo. Y al amanecer, antes de que el sol calentara los sembradíos, supimos la noticia: don Ramón, el colmadero, había muerto mientras dormía. Yo todavía tenía la mejilla adolorida cuando lo velaron, y me dio vergüenza pensar que, mientras la muerte pasaba por el pueblo, yo solo estaba pendiente de mi diente.

Nadie dijo “casualidad”. En Constanza no existen esas palabras cuando la madera invisible cruje. 

Con los años aprendí que la Carreta no tiene prisa. No corre. No atropella. Solo anuncia.

 

—Es como el viento antes del aguacero —decía mi padre, ya más viejo y menos incrédulo—. Tú no lo ves, pero sabes que viene agua.

 

El pueblo fue creciendo, llegaron más carros que caballos, más motores que gallos al amanecer. Pero la Carreta siguió usando el mismo camino de piedras. Nunca asfaltado. Nunca iluminado del todo. 

Una madrugada, siendo ya hombre hecho y derecho, la escuché otra vez. 

Vivía entonces en la misma casa heredada de mi abuela. El frío era más intenso que de costumbre, como si la montaña respirara sobre el techo. El sonido empezó lejos, por la curva del río. 

Crujido. Rodar lento. Un suspiro de madera antigua.

Mi esposa se incorporó en la cama.

 

—¿Tú oyes eso?

 

Asentí.

 

—No puede ser un camión —dijo ella—. No suena a motor.

 

No. No era motor. Era paciencia.

Me levanté. Esta vez no sentí curiosidad, sino un peso en el estómago. Antes de salir al patio, busqué mis sandalias y no las encontré; terminé saliendo descalzo, pisando una piedrita fría que todavía recuerdo más que algunas conversaciones importantes de mi vida. El cielo estaba limpio, lleno de estrellas filosas.

 

—Si vas a pasar, pasa ya —murmuré, sin saber a quién hablaba—. Pero deja tranquilo al que no esté listo.

 

El sonido se detuvo frente a mí.

No lo vi, pero supe que estaba ahí. El aire se volvió más denso, como si alguien invisible se hubiera bajado de la carreta y estuviera observándome.

Y entonces ocurrió algo que nadie en el pueblo había contado jamás.

Sentí olor a tierra recién removida. A sembradío húmedo. A zanahoria arrancada del surco.

Una voz, que no era voz sino pensamiento ajeno, me atravesó:

La tierra reclama lo que es suyo. 

Tragué saliva.

 

—Aquí todos somos tuyos —respondí, con más valentía de la que tenía—. Pero todavía no.

 

El eje volvió a quejarse. Las ruedas giraron. La Carreta siguió su rumbo hacia el barrio de La Sabina.

A la mañana siguiente murió doña Eulogia.

No fue enfermedad larga ni accidente. Se sentó en su mecedora después de tomar café y simplemente dejó de respirar, como quien entrega una llave.

En el velorio, entre café amargo y rosarios, alguien dijo:

 

—Anoche pasó la Carreta.

 

Nadie dudó.

Con el tiempo entendí que no anuncia desgracias: anuncia ciclos. En Constanza la muerte no es enemiga; es cosecha. Igual que el repollo que se corta cuando está firme, igual que la papa que se arranca en su punto. 

La Carreta no viene por sorpresa. Da la cortesía de su sonido.

Ahora, cada vez que el frío baja como un animal blanco desde las montañas, apago las luces temprano. Me siento en el patio y espero. A veces, mientras escucho, me sorprendo tocándome la mejilla, como si aquella muela de la infancia todavía estuviera allí, latiendo en sincronía con las ruedas invisibles. No sé por qué hago eso; nadie me ve, y tampoco importa.

 A veces pasa lejos.

A veces tan cerca que siento vibrar el pecho.

 Ya no intento verla. No hace falta.

 Porque aquí, en este valle que respira neblina y cultiva memoria, sabemos que hay cosas que no necesitan cuerpo para existir.

 Y cuando en la madrugada el crujido atraviesa el silencio como una aguja de madera, me limito a decir, con la naturalidad con que se habla del clima:

 

—Bueno… que Dios acompañe al que vaya montado.

 

Entonces la Carreta continúa su camino invisible, dejando atrás el olor a tierra removida y la certeza antigua de que en Constanza la muerte no llega volando… llega rodando despacio, como si respetara cada piedra del camino.

 

Justo Aldú / 2026

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Comentarios +

Comentarios11

  • Lualpri

    Estimado amigo Justo...

    El dicho menciona: Creer o reventar y yo en lo personal, opino que no se puede ser tan necio como para afirmar que ciertas cosas no existen, como en el caso de tu atrapante relato.

    Gracias por compartirlo.

    Un abrazo a distancia 🤗🇦🇷🙋🏻‍♂️

    • JUSTO ALDÚ

      😂👍Gracias Luis. Si, definitivamente hay personas tercas. Pasa mucho en el campo y en su cosmovisión todo tiene una explicación, a veces sobrenatural.

      Saludos

    • Tommy Duque

      Mira qué coincidencia hermano, los dos hablando de temas relacionados a La República Dominicana. Gracias por tu relato.
      Saludos. ✌️🎸

      • JUSTO ALDÚ

        Coincidencias jejeje. Si, ya te leí. Yo todavía tengo dos mitos más y estoy intercalandolos.

        Gracias

      • LOURDES TARRATS

        Justo, este relato tiene una hondura que no se improvisa. La manera en que conviertes la memoria en territorio —y el miedo en una forma de lucidez— revela un dominio narrativo que se siente sereno, seguro, casi ritual. La Carreta no es solo un mito del valle: en tus manos se vuelve un símbolo de tiempo, de destino y de esa relación íntima que los pueblos tienen con la muerte cuando la entienden como ciclo y no como ruptura. Hay una madurez en la voz, una respiración larga en cada escena, que hace que el lector no solo imagine a Constanza, sino que la habite. Es un texto que honra la tradición oral y, al mismo tiempo, la eleva.

        Este texto Justo, es de una calidad narrativa excepcional: maduro, atmosférico, lleno de memoria y de ese pulso que solo aparece cuando un escritor como tú se atreve a atravesar lo que cuenta.

        Te envío un abrazo de lluvia mansa que bautizan la piel.
        Poetas somos...

        • JUSTO ALDÚ

          Hola Lourdes, la memoria, cuando se convierte en territorio, exige respeto; y el miedo, cuando se mira de frente, deja de ser sombra para volverse comprensión. Que hayas notado esa respiración lenta, casi ritual, es un regalo y créeme no todos lo notan, pero tiene su porqué la existencia dentro del relato, por eso demoré un poco para publicarlo y todavía hay detalles, pero bueno, está bastante mejor la construcción.

          La Carreta, como bien dices, no es solo mito: es el murmullo antiguo que los pueblos guardan sin necesidad de explicarlo. (Realismo mágico) Es esa forma serena de aceptar que la muerte no interrumpe, sino que transforma. Y si Constanza se puede habitar, entonces el relato ha cumplido su cometido: dejar de ser página para convertirse en experiencia.

          Gracias por tu lectura tan generosa y profunda. Hay comentarios que no solo acompañan un texto, sino que lo continúan.

          Recibo ese abrazo de lluvia mansa con gratitud sincera.
          Y sí… poetas somos, aunque a veces escribamos con tierra en las manos.

          • LOURDES TARRATS

            Asi es, amigo.
            POetas somos....

          • Nelaery

            Es interesante esta historia de la Carreta.
            " Huele a tierra removida"
            Se la representa como algo conocido por todos, algo familiar, pero se prefiere que pase de largo.
            Estremece leerlo, pero " pica la curiosidad" y continuamos leyendo, como el chico que tenía dolor de muela y se asomaba a hurtadillas para ver pasar la Carreta, sin verla.
            En Constanza " sabemos que hay cosas que no necesitan cuerpo para existir".
            Esta frase nos advierte de que se toma como algo natural, que existe en la sabiduría del pueblo , en las personas, sin necesidad de verla, intuyéndola.
            La Carreta se va rodando despacio, con sutileza, respetando el entorno, sin prisa, porque forma parte del pueblo y es respetada por todos ellos.
            Muchas gracias por esta fantástica historia.
            Saludos.

            • JUSTO ALDÚ

              Tu lectura es lúcida y profundamente afinada con la esencia del relato.

              “Huele a tierra removida” no es solo una imagen sensorial: es una puerta. El olor anticipa lo invisible. Antes de ver —o no ver— la Carreta, el cuerpo ya la ha presentido. Y ahí reside la fuerza del realismo mágico: no se impone lo sobrenatural, se respira.

              La curiosidad, tanto en el niño como en el adulto, es el hilo conductor. Ese chico con dolor de muela que se asoma sin querer ver, pero queriendo saber, encarna esa tensión tan humana: el miedo y la fascinación caminando juntos. No necesita contemplarla para sentir su presencia. Basta la sospecha.

              La frase “sabemos que hay cosas que no necesitan cuerpo para existir” es clave. Resume la sabiduría popular que no discute, que no analiza, que simplemente acepta. En ese pueblo, la Carreta no es un fenómeno extraño: es parte del tejido invisible de la vida cotidiana. Como el viento o la memoria.

              Y es muy acertado señalar que rueda despacio, con respeto. No invade, no arrasa. Pertenece. Esa sutileza la vuelve aún más inquietante, porque lo verdaderamente perturbador no siempre grita; a veces apenas cruje sobre la tierra removida.

              Gracias por una reflexión tan cuidadosa. Cuando un lector entra así en la historia, la Carreta vuelve a pasar. Y vuelve a oler la tierra.

              Te soy sincero, estoy contento con tu comentario.

              Un abrazo hasta Bilbao escritora.

              • Nelaery

                Sinceramente, he vivido el relato. Lo he oído y olido.
                Me ha parecido ver a los vecinos en silencio, casi sin respiración, escuchando el sonido de la Carreta.
                He empatizado con la curiosidad del niño, con el movimiento de la Carreta.
                Tu relato hace sentirlo.
                Un abrazo.

              • Hernán J. Moreyra

                Hola estimado Justo, muy interesante escrito, gracias por compartirlo, amigo. Que tengas un buen martes. Saludos cordiales

                • JUSTO ALDÚ

                  Gracias Hernán. Es un placer que leas y comentes.

                  Saludos

                • CARMEN DIEZ TORÍO

                  Querido amigo: Entrar en tu leyenda ha sido, desde el primer instante, como si la magia con la que siempre impregnas cada palabra y cada relato me atrapara, y de pronto ya no fuera solo una lectora, sino que formara parte de él desde las primeras líneas construyes un clima que no depende del susto, sino del silencio. La Carreta no aparece: se anuncia. Y ese detalle es clave, porque conviertes el sonido en presagio. El lector no necesita verla; basta con oír el crujido para entender que algo está pasando.Me encanta cómo integras lo sobrenatural al paisaje cotidiano. La muerte no llega como tragedia abrupta, sino como parte del ciclo del valle. Ese es uno de tus mayores aciertos: lograr que lo extraordinario se sienta natural, casi inevitable. Ese niño curioso que desafía la advertencia de la abuela y el adulto que ya no siente curiosidad sino respeto muestran un crecimiento interior que acompaña el tránsito de la leyenda y la humaniza. La muela que late en la infancia y el gesto de tocarse la mejilla años después funcionan como un hilo íntimo que ata memoria y destino. Tu maravilloso texto logra algo difícil: hacer que la muerte no sea enemiga, sino visitante anunciada. La Carreta no atropella, no persigue, no grita. Solo rueda. Y al hacerlo, deja la sensación de que en ese valle la vida y la despedida comparten el mismo camino de piedras. Es un verdadero lujo pasear por tus letras, por el tiempo y por la magia de tu leyenda. Gracias por compartir. Un abrazo.grande

                  • JUSTO ALDÚ

                    Si Carmen, eso es definitivo. Aquí tomando café y leyendo tu comentario veo que aciertas en casi todo. En que lo extraordinario se sienta natural es una característica del realismo mágico. El crujido como símbolo para entender que algo está pasando hasta a mí me pareció curioso mientras lo imaginaba. Este pasaje lo tuve que reescribir para darle más sentido y se sintiera como yo quería. En cuanto al niño, pues el toque de curiosidad siempre existe incluso en uno ya adulto.
                    Y bueno, que sientas que la vida y la despedida comparten el mismo camino de piedras significa que la historia respiró en ti. Y eso, para quien escribe, es el regalo mayor: saber que la leyenda dejó de ser mía para volverse también tuya.

                    Correspondo tu abrazo.

                  • MISHA lg

                    buen relato poeta ,
                    gracias por compartir

                    El sonido se detuvo frente a mí.
                    No lo vi, pero supe que estaba ahí. El aire se volvió más denso, como si alguien invisible se hubiera bajado de la carreta y estuviera observándome.
                    Y entonces ocurrió algo que nadie en el pueblo había contado jamás.
                    Sentí olor a tierra recién removida. A sembradío húmedo. A zanahoria arrancada del surco.
                    Una voz, que no era voz sino pensamiento ajeno, me atravesó:
                    La tierra reclama lo que es suyo.


                    besos besos
                    MISHA
                    lg

                  • El Hombre de la Rosa

                    Preciado tu versar de hoy del mito Dominicano estimado poeta y amigo Panameñp Justo Aldú
                    Saludos desde Torrelavega España
                    El Hombre de la Rosa

                  • Antonio_cuello

                    Solo me queda decir: ¡Impertérrito! Este relato me dejó más helado que la piedra que pisaste
                    Gracias por compartir, mi estimado Justo
                    Saludos y un abrazo grande

                  • David Arthur

                    Hay muchas mitos que vienen siendo la realidad para mucha gente Justo. Lo que nos cuentas de la Carreta de la muerte en el pueblo de Constanza es una realidad para su populación. A través de tu relato uno mismo tiene en vivo la experiencia de el venir lento y la ida de la carreta.
                    Muy bien escrito tu relato que he leido con fervor y hasta he sentido el ruido al pasar la carrete y el olor de la tierra. recién removida.

                    Un abrazo amigo
                    David

                  • Javier Julián Enríquez

                    Muchas gracias, amigo JUSTO, por este gran relato, que examina la figura de «La Carreta» en Constanza, interpretándola no como presagio de infortunio, sino como un símbolo de ciclos naturales, transiciones inevitables y la percepción cultural de la muerte. En este sentido, el relato sugiere que este fenómeno espectral, lejos de ser un presagio de infortunio, podría ser visto como una cortesía que anuncia transiciones naturales, equiparando la muerte con una cosecha, un proceso intrínseco a la existencia. En ese marco, la narrativa propone una visión en la que la aceptación de la muerte no se percibe como un adversario, sino como una fase inherente al orden cósmico, manifestada a través de una presencia inmaterial pero perceptible.
                    Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio



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