I
Ya despunta la mañana
con su manto de esperanza,
tiembla el valle entre rocíos
bajo luz recién alzada.
Canta el río entre las piedras,
su cristal vibra y se ensancha,
mientras tiñe los collados
una claridad dorada.
II
Despertaron ya los trinos
en la fronda perfumada,
y las flores abren ojos
a la brisa renovada.
Va la tierra sacudiendo
su tristeza marchitada,
como doncella que vuelve
a lucir seda temprana.
III
Cruza el aire un leve aroma
de promesa restaurada,
y el almendro en blanca espuma
tiende al cielo su nevada.
Todo vibra, todo nace,
todo brota y se levanta,
como si un pulso invisible
diera voz a cada rama.
IV
Ya no pesa el gris invierno
con su sombra prolongada,
huye el frío silencioso
por la senda deshojada.
Y en su fuga deja espacio
a la luz que todo abraza,
como rey que toma el trono
con justicia sosegada.
V
Brilla el campo en verde tierno,
cual tapiz recién bordado,
y el pastor alza su canto
por el monte soleado.
En sus ojos se refleja
el azul recién estrenado,
como espejo donde el día
se contempla entusiasmado.
VI
La colmena zumba alegre
entre jaras encendidas,
y la espiga aún pequeña
sueña pan para la vida.
Todo late en armonía
sin estrépito ni prisa,
como acorde sostenido
por invisible armonía.
VII
Va la brisa por los huertos
despertando las semillas,
y el laurel mueve sus hojas
con sonora maravilla.
Canta el agua en la acequia
con su risa cristalina,
y en su curso transparente
lleva luz multiplicada.
VIII
Ya la torre toca a gloria
con campana jubilosa,
mientras gira en la plazuela
una danza silenciosa.
No es bullicio desmedido
ni estruendo de voz ruidosa,
es la dicha que se asienta
como reina poderosa.
IX
Cruzan niños por la era
con su risa desatada,
persiguiendo mariposas
de color encaramadas.
Y la tarde los contempla
desde altura sonrosada,
derramando sobre el trigo
una lumbre delicada.
X
Todo el pueblo siente el pulso
de estación recién llegada,
como sangre que circula
renovada y esperanzada.
No hay temor en los semblantes,
ni memoria lastimada,
porque el día abre sus brazos
como madre entusiasmada.
XI
Ya el ocaso tiñe el cielo
con su púrpura templada,
y la luz se vuelve oro
sobre mieses inclinadas.
Se recoge la jornada
en silencio que no pesa,
pues la noche llega mansa
con su paz bien derramada.
XII
Y al mirar la luna clara
sobre cumbre plateada,
sabe el hombre que la vida
siempre vuelve renovada.
Que tras sombra viene aurora,
tras la herida viene calma,
y que el tiempo, aunque se marche,
deja siembra en cada alma.
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Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Online) - Publicado: 3 de marzo de 2026 a las 00:30
- Categoría: Espiritual
- Lecturas: 2

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