No hay aplausos para la integridad.
Mirar sin pantalla al dar,
duele en cruda nitidez:
Autocrítica… es tortura,
no vende la redención.
Exige juicio consciente,
sostener el propio error.
Elegir cuesta enfrentar,
la obra no acepta aridez,
la excusa siempre censura.
Pide honradez y ascensión,
ser, actuando coherente,
sin coartada o rubor.
Lucidez muerde, es capaz
rompe la absurda poética.
Negocian lo que conviene,
desnuda todo cinismo.
Sostenerse plenamente
portar la propia verdad.
No es virtud, es muy tenaz
implacable es perder la ética
esquivan lo que mantiene.
Se regala como altruismo,
caminar siempre consciente
sin negociar fatuidad.
Aquí afirmar no es moral
es exponerse a fallar
sin farsa por la presión.
El discurso utilitario,
solo dolo transparente,
entre iguales, sin pudor.
Retar es riesgo real
que exige poder saldar
sin el blindaje ni el guion.
Retórica de salario
hablar, apenas presente
antes de todo el rigor.
La Hechicera de las Letras.
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Autor:
La Hechicera de las Letras (
Offline) - Publicado: 3 de marzo de 2026 a las 00:18
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 40
- Usuarios favoritos de este poema: Éusoj Nidlaj, Hernán J. Moreyra, Poesía Herética, Jhetse, Any🌹, El Hombre de la Rosa, Mael Lorens, Javier Julián Enríquez, Rafael Escobar, El desalmado, alicia perez hernandez, Llaneza

Offline)
Comentarios6
Una sociedad cobarde - muy cobarde y cínica, ésta lo es - solo aplaude a sus amos por aquello de las migajas, y/o por si puede coger su látigo.
La mayoría prefiere letargo ético, complacencia o refugios fáciles. Quien asume lucidez y responsabilidad sin justificaciónes enfrenta cruda exposición, pérdida y aislamiento. No es una habilidad exclusiva, pero tampoco es democrática: está disponible solo para quien tolere confrontar la realidad desnuda sin anestesia moral.
Lo que se reconoce como correcto en la conciencia se exige sostener en la acción: “ser, actuando coherente”, “sostener el propio error”
La Hechicera de las Letras.
Cierto que existe esa gran, grandísima, mayoría callada, esquiva y en cierto modo hasta violenta, lo es porque no admite reproches, nada que les pongan frente al espejo y que es la propia sociedad que le ampara, y de la que se sirve, lo digo por lo del envalentonamiento. Los que aceptamos el silencio antisocial entendemos a la perfección que éste es el precio que hemos de pagar: lo aceptamos sin más.
Gracias por tus palabras, siempre bien allegadas.
Hechicera de letras,
Aprecio la franqueza con la que escribes. Tu texto no se esconde detrás de gestos estéticos ni busca suavizar lo que afirma. Hablas desde un lugar donde la integridad no es unideal abstracto, sino una práctica exigente que rara vez recibe reconocimiento. Esa claridad, sin dramatismo ni complacencia, sostiene la fuerza del poema.
Lo que se percibe es una conciencia que no negocia con la comodidad. Nombras la lucidez como algo que duele y, aun así, la eliges. Esa decisión le da al poema un peso real: no hablas de ética como adorno, sino como disciplina que se sostiene incluso cuando no conviene. Esa honestidad es lo que más agradezco de tu escrito.
También es evidente que no buscas elevarte por encima de nadie. No hay tono de superioridad ni gesto de auto celebración. Presentas la integridad como un trabajo silencioso, sin aplausos, y esa sobriedad le da credibilidad a cada verso. Tu voz no pretende ser ejemplar; solo se mantiene fiel a lo que considera esencial. Eso basta.
Tu poema deja la impresión de alguien que piensa con rigor y que no se permite la máscara fácil. No es un texto que busque admiración, sino uno que se sostiene por su coherencia interna. Y esa coherencia, sin estridencias, es lo que lo vuelve valioso.
Saludos sinceros,
-LOURDES
Poetas somos...
Tu lectura atenta, Lourdes, se recibe limpia.
La honestidad consciente no suele ser premiada. La integridad, cuando no es ornamento sino práctica, rara vez obtiene recompensa visible. Una mirada ética clara es una forma de ver y juzgar la realidad y a uno mismo sin filtros, sin autoengaño ni subterfugios morales.
Implica discernimiento preciso: distinguir entre lo justo y lo injusto, lo responsable y lo conveniente, sin confundir intención con consecuencia ni emoción con valor moral. Exige coherencia entre juicio y acción; lo que se reconoce como correcto se asume en la práctica, aun cuando resulte costoso. Y demanda responsabilidad sin dilución: no delegar en el contexto, la costumbre o la masa lo que corresponde asumir.
No es incapacidad; es elección. Todo individuo puede intentarlo, pero no todos pueden sostenerlo. Requiere soportar verse sin excusas, renunciar al beneficio del autoengaño, aceptar el costo de actuar en coherencia, aunque implique perder reconocimiento, resguardo ilusorio o ventajas. Muchos optan por una ética funcional: la que se amolda a la conveniencia, al contexto y al aplauso.
No es un privilegio exclusivo, pero tampoco está garantizada por simple pertenencia: permanece disponible para quien tolere la claridad descarnada.
La Hechicera de las Letras.
Poetas somos...
Siempre atento a la tesis que expone mi estimada Hechicera, creo que la verdadera integridad no teme examen, pero tampoco necesita aplauso.
Reciba un cordial saludo mi estimada camarada de letras.
La integridad no teme ser observada. Lo que resulta perturbador es que, cuando no se negocia, evidencia con claridad demasiadas concesiones ajenas, exponiendo la fragilidad de discursos que se venden. El entorno premia la retórica sobre la acción, la apariencia sobre la sustancia y se nota en cada gesto calculado, en cada palabra cuidadosamente dispensada.
Saludos Camarada de Letras.
La Hechicera de las Letras
Preciado tu versar de hoy estimada poetisa y amiga La hechicera de las letras
Saludos desde Torrelavega España
El Hombre de la Rosa
El Hombre de la Rosa, ya sabes dónde va mi versar, por ello sostener la integridad hace visibles a quienes visten conveniencia con palabras; pocos soportan mirar sus actos sin anestesia ni fingimiento, y aún menos mantienen firme lo que reconocen como propio frente a la presión de lo cómodo.
La Hechicera de las Letras.
Muchas gracias por este excelente poema, en el que se puede apreciar ideas importantes formalmente objetivadas. La integridad, en su expresión más auténtica, aparentemente no recibe el reconocimiento público merecido. Creo que este fenómeno se manifiesta en la falta de aprecio hacia la autocrítica y la confrontación honesta con las propias acciones, desprovistas de artificios o distorsiones, que revelan una crudeza que no se traduce en redención ni en aprobación. Este procedimiento, pues, requiere un discernimiento consciente y una aceptación plena de las equivocaciones cometidas. Por otra parte, la elección de enfrentar la realidad y la obra vital sin recurrir a la aridez o a la excusa, que invariablemente censura la verdad, demanda una honradez y una aspiración a la superación. En tal sentido, la coherencia en la acción, sin coartada ni rubor, constituye el núcleo de esta exigencia. Por ende, la lucidez, al morder y desmantelar la poética absurda o las negociaciones convenientes, desnuda el cinismo subyacente. A este respecto, se diría que el sostenimiento de la verdad, lejos de ser una mera virtud, se revela tenaz e implacable ante la pérdida de la ética. De este modo, el altruismo aparente, que elude lo esencial, se camufla como virtud, mientras que avanzar de manera consciente, sin eludir la futilidad, constituye el auténtico sendero. En este contexto, la afirmación de la verdad no se considera un acto moral en sí mismo, sino más bien como una exposición al fracaso, una presión sin disimulo. En relación con esto, creo que el discurso utilitario, concebido para la comunicación entre iguales, se caracteriza por su franqueza y ausencia de artificios. Por lo que el hecho de retar la complacencia supone un riesgo real que exige la capacidad de saldar cuentas sin el blindaje de la retórica vacía o el guion preestablecido, frente a una retórica de compensación que apenas se presenta antes del rigor.
Progresando en el sentido expuesto, la integridad, comprendida no como una mera ornamentación discursiva, sino como una praxis vital y consecuente, raramente es objeto de reconocimiento público o recompensa tangible. En este sentido, creo que el poema expone con claridad que la introspección crítica y la confrontación con el propio error, pilares fundamentales de una ética genuina, constituyen un proceso riguroso y a menudo doloroso, carente de la gratificación inmediata que ofrecen la complacencia o la redención superficial. Así, la lucidez ética, definida como la capacidad de discernir entre el bien y el mal, requiere de un juicio consciente y la voluntad de sostener la verdad personal, incluso cuando esta implica exponerse a la adversidad o al desacuerdo. Una mirada ética diáfana, exenta de filtros y excusas, constituye una metodología para aprehender la realidad y proceder a una autoevaluación con exactitud implacable. Esta perspectiva requiere de integridad, coherencia y la abstención de la fatuidad o el cinismo que propician la complacencia. En esta línea, la capacidad de mantenerse íntegramente anclado en la verdad, sin evasivas ni censura, conlleva un riesgo tangible, ya que cuestiona la retórica utilitaria y el discurso que persigue la aprobación fácil. Así las cosas, la integridad, en su expresión más rigurosa, no se trata de una virtud que se otorga como acto de altruismo, sino más bien una tenacidad que se opone a la pérdida de la ética, que exige un compromiso inquebrantable con la acción coherente y la ausencia de simulacro ante la presión o el rigor.
Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio
Javier, tu comentario recorre bien los conceptos, pero conviene agregar que hablo de la integridad como práctica fundamental: sostenerla no recibe aplausos, exige exponerse al costo real de la lucidez ética y deja al descubierto a quienes mercantilizan sus propios principios. Los seres humanos tienden a distribuir valores, buscar bienestar o refugios ilusorios. Es un patrón humano frecuente: la mayoría busca resguardo y ganancia antes que confrontarse a sí misma. Se amparan en excusas, relatos convenientes que disfrazan la cobardía. Pocos se sostienen sin filtros, enfrentan la propia conducta y mantienen la integridad aunque eso los deje desnudos frente a la verdad.
La Hechicera de las Letras.
Integridad. Es un concepto antiguo que en mi generación no se usa. En mi profesión se usa la biointegridad y acotada a la comunicación, no a la coherencia, con lo cual intuyo que el término original ha evolucionado. El juramento Hipocrático ya no se usa de forma real. Preguntaré a Salvador, si se acuerda de eso y para que sirve.
Forma.
Me ha encantado pues me gustan los versos cortos, de pocas sílabas, que facilitan ese ritmo ágil de lectura. Y se aprecia una hipótesis que se encamina hacia la tesis, concentrando el argumento de manera eficaz. Quizás, excesivamente eficaz al concentrar en pocas frases mucha información usando palabras de muy concreto significado.
Sin embargo, el poema te deja con ganas. Ganas de más. Más estrofas. Como si faltara una segunda parte. Es como cuando comes un trocito de chocolate. Quieres más.
Fondo
Pues, creo que tratas un concepto antiguo. Integridad. Se usa mucho en la ciencia pues responde a propiedades físicas, a veces químicas de elementos y combinados, que denotan un comportamiento aceptable, homogéneo, isotrópico. Pero en lo social, no sé si sirve para algo. No es es comercial, no vende, no es algo que se espera. Es algo que se desprecia. No tiene beneficios.
Es como un oficio, de esos antiguos que quedaron en desuso.
Existe un término que sí que está muy en uso y tiene muchas ventajas. No sé si es antónimo de integridad. Quizás no, pero es lo que se lleva. Es moda. Es tendencia. Lo llaman diplomacia.
Estimada Mater Litteratum estoy de acuerdo: hoy tanta tecnología e impersonalidad, la integridad dejo de ser “popular” ni rentable; es casi un concepto arqueológico en lo social, mientras que valores como diplomacia, conveniencia y autoengaño dominan el terreno. Pero eso es exactamente lo que hacen mis letras valiosas: resaltar algo que no se premia ni se reconoce, lo hace visible y lo reivindico con fuerza. Este se origino mientras racionalizaba la honestidad, la integridad, la autocrítica y la coherencia personal en un mundo que premia la superficialidad, la manipulación y la falsedad.
El poema consta de 6 estrofas por las rimas entre bloques, para dar sensación de continuidad, unidad sin sacrificar libertad de contenido, manteniendo eso quiebres que tienen la mayoría de mis escritos.
Me tome la jurisdicción y lo bautice: Sofisticación oculta: Nadie que lea el poema a la ligera notará la rima. Pero subconscientemente, el cerebro siente cohesión y ritmo, incluso cuando se enfrenta a imágenes duras, irónicas y críticas. Es como arrojar una estrella sobre la oscuridad: ilumina lo que otros no quieren ver, pero solo los que miran de verdad lo captan. No escribo para entretener al oído, sino para golpear el pensamiento, el sentimiento y la comprensión de la realidad.
La Hechicera de las Letras.
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