Ese día no era un hombre seguro.
Era un incendio disfrazado de calma.
Mis manos sudaban,
no por miedo a perderte,
sino por el peso de lo que estaba a punto de sentir.
La tarde parecía inmóvil.
El silencio no era vacío…
era tensión.
Era el universo conteniendo la respiración.
Y entonces saliste.
Tranquila.
Serena.
Con esa honestidad que no se fabrica,
con esa bondad que no presume.
Te tomé de la mano
y sentí cómo el mundo se volvía pequeño.
Te llevé a lo más alto de las gradas,
no para impresionar,
sino porque necesitaba altura
para entender lo que estaba pasando dentro de mí.
Había en ti una energía limpia.
Cálida.
Peligrosamente pura.
Te miré.
Me miraste.
Y en ese cruce de ojos
se acabaron las dudas.
No pensé.
No calculé.
No retrocedí.
Te besé.
Y no fue un beso suave.
Fue una declaración sin palabras.
Fue el momento exacto
en el que dejé de huir de lo que sentía.
El mundo desapareció.
No hubo pasado.
No hubo futuro.
Solo ese instante
ardiendo entre los dos.
Ese día entendí algo que nadie me había enseñado:
un hombre puede cargar cicatrices,
puede cargar orgullo,
puede cargar silencios…
pero basta un poco de amor verdadero
para volverlo vulnerable
sin hacerlo débil.
Ese día descubrí
lo que un ángel puede hacerle a un hombre
cuando lo mira
como si ya fuera suficiente.
Y desde entonces,
no volví a ser el mismo.
-
Autor:
Roberto Hernandez Alvarez (
Online) - Publicado: 2 de marzo de 2026 a las 22:52
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.