ODA A LA PANAMEÑIDAD
Oh patria de lluvias breves y soles repentinos,
de istmo tendido como puente de tambores,
te nombro con voz de río y sal marina,
Panamá de múltiples sangres,
tejida en la paciencia del barro y la memoria.
Eres el sombrero pintao,
círculo de sombra donde descansa el mediodía,
trenzado con la geometría del campo,
con la sabiduría callada de las manos
que conversan con la fibra y el tiempo.
Eres la pollera,
galaxia bordada que gira en las fiestas,
constelación de encajes y temblores,
cuando la mujer alza su falda
y el país entero ondula en sus vuelos
como mar domesticado por la música.
Eres tambor que no pide permiso:
los congos levantan su historia
desde la raíz cimarrona del dolor vencido,
y cada golpe en el cuero
es un corazón antiguo que se niega a olvidar,
un grito de libertad que baila
con los pies hundidos en la arena del Caribe.
Eres humo de cocina al amanecer,
sancocho que reúne a la familia
como si el caldo supiera pronunciar apellidos,
tamal envuelto en hoja
como un pequeño planeta tibio,
hojaldra dorada que cruje
igual que la risa en las madrugadas del interior.
En cada mesa, la patria se reparte
sin fronteras ni discursos.
Eres lengua mezclada,
canto de abuela indígena,
rezo afroantillano,
silencio campesino que sabe a monte mojado.
Eres mercado, puerto, bus, escuela,
niño que corre bajo la lluvia
con el uniforme hecho bandera.
Panameñidad:
no cabes en un mapa ni en un himno.
Eres más bien un modo de saludar al mundo,
un puente que no solo une océanos
sino historias, hambres, sueños,
y ese terco orgullo humilde
de saberse pequeño en la geografía
y vasto en el espíritu.
Que suenen los tambores, entonces,
que gire la pollera,
que el sombrero pinte su sombra sobre el día,
que hierva la olla común de la memoria.
Porque ser panameño
es llevar un istmo encendido en la sangre,
un tambor latiendo bajo la camisa,
y una certeza sencilla:
la patria no es solo tierra,
es la suma viva de sus pueblos
cantando juntos
en la misma lluvia.
En tus playas, en tus ríos, en tus islas,
en tus endémicas orquídeas que respiran selva y lluvia,
tú que quiebras mis anhelos en noches de luna
para devolverlos hechos esperanza al alba,
déjame decir tu nombre como quien reza,
déjame guardarte en la raíz de mi voz,
porque, aunque el mundo me llame por otros caminos,
siempre habrá en mi sangre un tambor que responda:
Panamá,
madre de agua y de fuego,
puente de mi destino,
casa donde empieza y termina
todo lo que tengo
y todo lo que soy.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 2 de marzo de 2026 a las 10:41
- Comentario del autor sobre el poema: Tan solo para aclarar. Aquí usé la anafora, figura repetitiva "Eres" aunque ciertos versos pueden caer en la saturación, pero bueno no creo que sea tan necesario modificarlos. También la estructura comparativa, eso es puntual. Seguimos trabajando con algunos relatos míticos ya comprometidos, solo que hoy entraban los niños y jóvenes a clases. Todo estaba un poco enredado.
- Categoría: Sin clasificar
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