El Descenso

Efrain Eduardo Cajar González

I

No todo viaje apunta hacia la cima,
hay rutas que se inclinan hacia abajo;
la luz no siempre guía nuestros pasos,
a veces es la sombra quien conduce.
Descender no es derrota inevitable,
es tránsito hacia un fondo necesario;
quien nunca ha conocido su caída
ignora el peso real de la altura.

II

La senda pierde brillo en la pendiente,
la piedra cede bajo el paso incierto;
el aire se hace espeso en la garganta
como si el mundo dudara del regreso.
No hay canto que acompañe la bajada,
ni aplauso que celebre lo que duele;
solo el rumor del propio pensamiento
marcando el ritmo áspero del suelo.

III

Se desciende también dentro del pecho,
cuando la fe se agrieta en silencio;
cuando la voz que antes era firme
titubea frente al miedo sin nombre.
No todo abismo tiene forma externa,
ni toda oscuridad se ve en los ojos;
hay grietas que se abren en el alma
y piden ser cruzadas sin testigos.

IV

El descenso desnuda las certezas,
desarma convicciones orgullosas;
la máscara cae junto con el paso
y el rostro aprende el frío de la tierra.
Nada sostiene al que baja solo
salvo la voluntad de no mentirse;
caer es una forma de mirarse
sin el disfraz del triunfo aparente.

V

Hay quienes huyen antes de tocar
el fondo que temían desde siempre;
prefieren sostener una ilusión
antes que enfrentar su propia noche.
Pero quien acepta la caída
descubre una verdad menos brillante:
no somos solo aquello que ascendemos,
también somos lo que sabemos perder.

VI

El suelo espera al fin del movimiento,
no como juez, sino como descanso;
la tierra no castiga al que tropieza,
recibe el cuerpo con paciente calma.
En la quietud del punto más profundo
se escucha un pulso antiguo y persistente;
no todo final es un vacío,
a veces es la pausa que reordena.

VII

Descender enseña lentitud,
obliga a medir cada paso frágil;
ya no hay prisa por tocar el cielo,
solo deseo honesto de equilibrio.
La gravedad se vuelve consejera,
recuerda el límite del cuerpo humano;
y en esa aceptación humilde
nace una fuerza nueva y silenciosa.

VIII

El orgullo se quiebra en la pendiente,
pero la dignidad puede quedarse;
no es lo mismo caer que degradarse,
ni perder altura que perder el alma.
Hay descensos que limpian la mirada
de ambiciones torcidas por el ruido;
al bajar se despoja uno del exceso
y aprende lo esencial de la existencia.

IX

Cuando la noche cubre el horizonte
y ya no queda rastro de la cima,
el miedo susurra que todo ha sido
esfuerzo inútil, polvo en la memoria.
Mas incluso en la sombra más cerrada
permanece una brasa diminuta;
quien baja hasta tocar su propio límite
enciende en sí la chispa del regreso.

X

No todo descenso anuncia ruina,
hay profundidades que sostienen;
el mar no existe sin su hondo lecho,
ni el árbol sin raíz bajo la tierra.
Bajar es comprender que lo elevado
se funda en lo que casi nadie mira;
sin base firme no hay altura noble,
sin fondo no hay verdad en la montaña.

XI

Y cuando al fin los pasos se detienen
y el cuerpo acepta el sitio alcanzado,
algo distinto empieza a respirar
entre la sombra espesa del silencio.
No es resignación lo que se instala,
es una claridad menos brillante;
la caída ha tallado en la conciencia
un espacio más honesto y más humano.

XII

Así el descenso deja su enseñanza:
no todo lo que baja se destruye;
hay rutas que conducen hacia adentro
para volver más fuerte hacia la luz.
Quien ha tocado el fondo de sí mismo
no teme ya la altura ni el fracaso;
porque sabe que el suelo no es el fin,
sino el lugar donde comienza el cambio.

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