Peripecias del hada Titania XXX

Salva Carrión

 

 

El regreso y el Banquete de la Concordia

 

 

El viaje de regreso al Bosque Nevado fue una tranquila travesía por las corrientes a favor de los firmamentos. El Bajel Celeste, impulsado por una brisa cálida que aún exhalaba el aroma de las Tierras de Ámbar, navegó sobre océanos de nubes hasta que los viajeros divisaron las copas blancas de su añorada morada. Desde las alturas, el hogar de Titania relucía como una esmeralda engarzada en plata. El Velo de la Aurora, invisible pero vigilante, se agitó con una nota de bienvenida al reconocer el pulso mágico de su creadora. Al descender en un claro cerca del Dosel Viejo, los amigos fueron recibidos como leyendas épicas. Una fina capa de nieve empezaba a cuajar, anunciando la venida del invierno, sin que el frío pudiera molestar el buen ánimo de los habitantes de este hermoso rincón. Entre abrazos de bienvenida y vivas, se acordó una celebración de tres días y tres noches que habría de recordarse durante muchísimos años. Kerencio, el ruiseñor mensajero, fue el encargado de llevar la noticia y las invitaciones a cada madriguera y nido del Bosque Nevado.

El Leñador, asistido por un laborioso grupo de duendes del boscaje, dispuso largas mesas de madera barnizada que relucían bajo la mirada de la Luna. Preparó un festín de bayas confitadas, hongos suculentos, raíces tiernas, deliciosas trufas de tierra negra y pan de miel que aromatizaba todo el claro. Para beber, se sirvió agua cristalina del riacho, que sabía a ambrosía, a amistad. Akelia, con unos movimiento fluidos y fascinantes de sus manos, decoró las mesas con manteles de grandes hojas verdes y flores fosforescentes que iluminaban las alegres caras de los presentes.

La Reina de las Nieves asistió, invitada de honor, aportó la nota de asombro. Con un gesto elegante, regaló a los presentes helados multicolores de sabores fantásticos: esencias de nubes, delicias de glaciar y volutas de invierno. Además, trajo un espectáculo de auroras boreales que bailaban al compás de la música. Y con su voz melodiosa, entonó una memorable canción: 

“¡Que la nieve con paso certero

cubra de blanco el sendero!

 

Bajo el palio de un cielo de plata,

donde el tiempo se rinde al rigor,

mi corona de escarcha desata

un silencio de blanco fulgor.

 

No hay latido que el hielo no calme,

ni una herida que no logre sellar;

cuando el frío a tu alma llame

acoge el calor del sol al destellar.

 

¡Que la nieve con paso certero

cubra de blanco el sendero!

 

No llores por las hojas caídas,

ni por los soles que ya no vendrán;

en mi manto de escarchas bruñidas

tus memorias cobijo tendrán.

 

¡Duerme ahora, bella primavera,

bajo el adorno de mi cabellera!

Que el mundo sea blanco y eterno,

¡y veneren todos mi reino de invierno!

 

¡Que la nieve con paso certero

cubra de blanco el sendero!”

 

¡Que la nieve con paso certero

cubra de blanco el sendero!”

 

Incluso los animales más tímidos salieron de sus madrigueras para compartir el júbilo que todos compartían. El bosque estaba seguro, las palabras habían sido rescatadas y la Afonía Final era ahora solo un mal recuerdo.

Al caer la noche, cuando las hogueras se redujeron a ascuas de rubíes y la fiesta se sosegó, Titania se sentó sobre una gruesa raíz del Dosel Viejo. Observaba el entorno, sintiendo el tacto del diamante rosa y la semilla en su regazo.

—Hemos hecho mucho —dijo el Leñador, sentándose a su lado y dejando por fin descansar su hacha—. Pero algo me dice que tus alas aún tienen muchos vuelos pendientes.

Titania sonrió, apoyando la cariñosamente cabeza en el hombro de su amigo.

—El equilibrio se ha restablecido. Pero el bosque es un libro que nunca deja de escribir páginas. Mañana habrá un rastro nuevo en la nieve, o quizás, un visitante que necesite nuestra ayuda. Todo parece imposible hasta que se hace, amigo mío.

El viejo hombre permaneció pensativo, recordando todos los avatares pasados. No obstante, contagiado por la emoción del momento se puso en pie. Su rostro, curtido por los años, se llenó de entusiasmo, de fresca felicidad, y se animó a entonar una canción con su voz gruesa, marcando el ritmo golpeando un tronco caído con el mango de su gran hacha:

 “Por los verdes senderos

voy entre árboles altaneros.

Soy un buen leñador

y el más duro trabajador.

 

¡Hachazo va, hachazo viene!

que el frío ya se nos viene.

Leña seca pal’ hogar,

que el invierno va a llegar.

 

No talo por antojo

solo por necesidad.

Busco leña que recojo

para toda la vecindad.

 

El viejo roble me saluda

lleno de savia y vigor.

Le pido la venia y ayuda

con respeto y honor.

 

¡Hachazo va, hachazo viene!

que el frío ya se nos viene.

Leña seca pal’ hogar,

que el invierno va a llegar“.

    

La arboleda agitó sus ramas en aprobación y el Águila Irisada lanzó un chillido jubiloso desde la copa del árbol.

Los bardos también aplaudieron, no sin cierto asombro y sana envidia por esa inesperada competencia. Y no queriendo quedar en la sombra ante tal despliegue de talento natural, afinaron las cuerdas de sus laúdes para ofrecer el cierre de la noche, componiendo la que sería casi, casi, su mejor obra: “La Balada de la Ciudad de Ámbar". un homenaje a los muros de luz y puentes de blanco marfil de la ciudad de Áureo:

“Viajamos donde el sol baña la piedra,

donde el tiempo se teje junto al mar,

el silencio se enreda en la hiedra

y los libros vuelven a cantar.

 

¡Oh!, Ciudad de Ámbar, muros de luz

Refugio de sueños, estela del Sur,

tus puentes de nácar queremos cruzar,

donde los bardos van a descansar.

 

Atrás se quedan la escarcha y el frío,

el viejo bosque y su abrazo ancestral,

navegando las aguas de un indómito río

hacia el horizonte de un reino inmortal.

 

¡Oh!, Ciudad de Ámbar, muros de luz

Refugio de sueños, estela del Sur,

tus puentes de nácar queremos cruzar,

donde los bardos van a descansar.

 

Cruzamos océanos, vencimos el miedo,

unimos de nuevo cada roto blasón,

buscando en tus libros el viejo secreto

que aguarda paciente en tu corazón.

 

¡Oh!, Ciudad de Ámbar, muros de luz.

Refugio de sueños, estela del Sur,

tus puentes de nácar queremos cruzar,

donde los bardos van a descansar.

 

No es oro ni plata

lo que hay que buscar,

es la Ciudad de Ámbar

nuestro eterno soñar.”

 

Cuando los bardos terminaron, un silencio de respeto reverencial inundó la fiesta. La canción de los poetastros no estuvo tan mal, aunque no se oyeran los esperados aplausos. Titania sintió que la concordia reinaba en sintonía con la última nota.

Incluso la Reina de las Nieves, tan parca en halagos, inclinó levemente su cabeza coronada de diademas de radiantes. La balada había logrado algo difícil: traer el calor del sur al corazón del invierno sin derretir la nieve.

Mientras los invitados parecían relajarse y bajar el timbre de sus alegrías y canciones, Titania notó algo pequeño que caía de su capa: era la semilla que le regaló el bibliotecario. Ésta penetró en la tierra húmeda y comenzó a emanar de ella un calor reconfortante derritiendo la capa de fino hielo. Brotaron flores flotantes llenas de luminarias y aromas relajantes que ensancharon aquel bello círculo. Y ante los ojos asombrados de los trasgos y la mirada fija de la Reina de las Nieves, un brote de un verde iridiscente emergió a la superficie. De la robusta planta creció un grueso tronco que se elevó con la rapidez de un suspiro, retorciéndose sobre sí mismo como cristal líquido que se solidifica en ámbar transparente. Las Ramas se extendieron como nervaduras de luz, entrelazándose con las ramas bajas del Dosel Viejo en un abrazo de dos eras distintas. Las hojas eran láminas de nácar que vibraban suavemente, produciendo un rumor constante, como miles de pequeñas olas marinas.

Titania se puso en pie, acercándose al joven árbol. Al tocar su corteza tibia, una imagen cruzó su mente: la gran Caracola-Biblioteca. Comprendió entonces el regalo del bibliotecario. Aquella semilla era de una planta de conceptos y recuerdos.

De las ramas empezaron a colgar pequeños frutos en forma de campánulas de cristal. Cuando el viento del norte las rozaba emitían palabras sueltas en idiomas olvidados, risas de niños de tierras lejanas y fragmentos de poemas que se creían perdidos durante la Afonía Final.

—Es el Árbol de las Voces —adivinó Titania, con los ojos empañados—. La Caracola-Biblioteca nos ha enviado un embajador. Mientras este árbol crezca aquí, el silencio absoluto nunca volverá a aposentarse en el Bosque Nevado.

El efecto fue inmediato. Los animales más tímidos, que antes solo observaban, se acercaron a mordisquear las hojas de nácar que caían al suelo. Al hacerlo, sus pelajes adquirieron un lustre plateado y sus ojos parecieron reflejar una curiosidad nueva.

Incluso el Leñador notó que su vieja hacha, apoyada contra una raíz, ya no parecía un arma de destrucción, sino una herramienta de labor. La concordia no era ya solo un sentimiento entre amigos, sino una presencia física, una red de sonidos y fibras luminiscentes que conectaba el cielo argentero con la tierra fértil.

La celebración de tres días llegó a su fin, pero el paisaje había cambiado para siempre. El Bosque Nevado dejó de ser un manto de nieve blanca; ahora era el guardián de la memoria del mundo.

Titania miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a asomar. Sabía que su labor no había terminado, pero por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una amenaza, sino como una página en blanco esperando a ser escrita.

El hada Titania entornó sus ojos felices sabiendo que, pasara lo que pasara, su hogar y sus amigos serían su mayor fortaleza.

 

 

*Autores: Nelaery & Salva Carrión

 

 

Ver métrica de este poema
  • Autor: Salva Carrión (Online Online)
  • Publicado: 26 de febrero de 2026 a las 12:08
  • Comentario del autor sobre el poema: Autores: Nelaery & Salva Carrión
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.