En San José de las Matas, donde el amanecer huele a café recién colado y la neblina baja por los cerros como si el cielo se peinara con nubes, nació Mateo Lora, un muchacho flaco, de ojos inquietos y pies que parecían tener tambora propia. Desde pequeño convertía cualquier mesa en instrumento y cualquier silencio en canción. En las fiestas del pueblo, mientras se servía sancocho espeso, mangú con salami, queso frito y huevos, y los niños corrían con vasos de morir soñando, Mateo cantaba merengue con una alegría que hacía reír hasta a los más serios.
Los viejos del parque, dominó en mano, le repetían siempre lo mismo: que siguiera el ejemplo del Caballo Johnny Ventura, que el éxito verdadero se levantaba como casa de campo, bloque a bloque, con disciplina y paciencia. Mateo asentía, pero por dentro soñaba con escenarios gigantes, dinero veloz y fama que llegara antes que las primeras canas.
Una tarde, subido en una loma después de tocar en una fiesta, Mateo miró el horizonte azul. A lo lejos, como una línea brillante entre cielo y mar, se divisaba el Canal de la Mona y las bellas playas dominicanas, consideradas por muchos las mejores del mundo; el resplandor del Caribe parecía prometerle un destino inmenso, una vida más grande que su pequeño pueblo. Ese fulgor le encendió la ambición.
Esa misma noche, tras otra presentación mal pagada, un hombre del colmado lo llamó aparte y le habló del Bacá: un espíritu que, según la tradición, concedía prosperidad a quien lo invocara. El precio era sencillo de decir y difícil de cumplir: alimentarlo siempre, respetar el pacto, no olvidar jamás quién sostenía la fortuna. Mateo sintió que esas palabras le golpeaban el pecho como redoble de tambora. Pensó en los años de lucha, en los zapatos gastados, en los escenarios que parecían siempre quedar lejos. Y la ambición, que a veces habla con voz dulce, le susurró que un atajo no hacía daño.
Subió al monte con una botella de ron, granos de café, un pedazo de casabe y su deseo escrito en papel: ser el mejor merenguero de República Dominicana, famoso y rico. La noche estaba inmóvil, demasiado inmóvil, como si el mundo contuviera el aliento. Enterró la ofrenda, murmuró lo que le habían enseñado, y el viento respondió con un soplo tibio que no parecía viento sino respiración. En ese instante, sin que Mateo lo notara, su sombra se estremeció sobre la tierra y dio un pequeño paso por su cuenta, como si hubiera aprendido un baile secreto.
Desde entonces, comenzó a ocurrir algo extraño. Cada vez que Mateo cantaba, el público veía su sombra moverse con una gracia extraordinaria, más veloz y precisa que su propio cuerpo, improvisando giros que él no daba y pasos que él no sabía. Algunos decían entre risas nerviosas que aquel muchacho tenía “la sombra sabrosa”. Otros se santiguaban. Mateo, sin embargo, nunca veía nada fuera de lo normal; para él, la sombra obedecía como siempre.
El cambio llegó pronto. Primero una grabación casera empezó a sonar en todas partes. Luego vinieron presentaciones mejor pagadas, entrevistas, viajes, luces. El dinero comenzó a fluir como río en temporada de lluvia. En un festival en la capital, Mateo tuvo la oportunidad de conocer a "la mujer de fuego" OLGA TAÑON, quien lo escuchó cantar con atención y le dijo con una sonrisa serena que el talento era una llama: si se alimenta con verdad, ilumina; si se alimenta con prisa, quema. Mateo agradeció el consejo, pero su mente estaba ocupada contando contratos y soñando con mansiones.
En otra ocasión coincidió con Wilfrido Vargas, quien le comentó que el merengue era primero del pueblo y después del artista, y que quien olvidaba eso terminaba cantando vacío. Más tarde, en un camerino lleno de cables y olor a laca, Rubby Pérez le habló con franqueza: la fama rápida suele traer cuentas ocultas, y la voz más importante es la de la conciencia. Mateo escuchaba a todos con respeto, pero cada noche, al llegar a su cuarto, sentía un murmullo invisible recordándole que no olvidara la comida.
Durante un tiempo cumplió. Dejaba en secreto platos con arroz, habichuelas, carne guisada o dulces de coco, tal como le habían indicado. Sin embargo, el éxito empezó a devorarlo todo: giras, entrevistas, compromisos, fiestas, trasnochos. Una noche olvidó la ofrenda. Luego otra. “No pasa nada”, se dijo, cansado, convencido de que el mundo ya giraba por su propio talento.
Poco después, la sombra comenzó a comportarse de forma inquietante. En el escenario, mientras Mateo se movía con cansancio, el público veía su silueta bailar con desesperación, como si alguien invisible la jalara desde abajo. A veces la sombra se adelantaba medio segundo, otras parecían quedarse atrás temblando. Hubo quienes juraron que, en ciertos focos de luz, la sombra abría los brazos suplicando, como si pidiera alimento.
Entonces comenzaron las grietas. Su voz amaneció áspera, como si hubiera tragado polvo. En el escenario, la tambora sonaba opaca y la güira parecía raspar el aire sin brillo. El público, que antes bailaba sin descanso, empezó a dispersarse. En los hoteles, Mateo escuchaba ruidos bajo la cama, un rasguño leve, una respiración hambrienta, como si algo invisible le recordara que los pactos no se olvidan.
El miedo, que es un maestro severo, lo empujó de regreso a su pueblo. San José de las Matas lo recibió con el mismo olor a café, a tierra mojada y a fritura de la esquina. Su abuela Tomasa lo miró largo rato y, sin que él explicara nada, le dijo que el éxito sin raíz se cae con el primer viento, y que ninguna prosperidad vale si uno vende la paz.
Esa noche Mateo volvió al monte. Llevó dinero, cadenas, trofeos, todo lo que creía haber ganado gracias al pacto. Encendió una vela y habló en voz alta, con la sinceridad que no había tenido antes. Dijo que prefería un camino lento pero limpio, una voz humilde, pero suya, un merengue nacido del corazón y no del miedo.
El monte guardó silencio unos segundos. Luego un viento fuerte apagó la vela y sacudió las hojas como aplauso antiguo. En la tierra húmeda, por primera vez, Mateo vio su sombra separarse apenas de sus pies… temblar… y acomodarse de nuevo en su lugar, quieta, mansa, como cualquier sombra del mundo. Sintió que un peso se desprendía de su pecho, como si una mano invisible soltara su cuello.
Regresar no fue fácil. Pasaron años cantando en bodas, cumpleaños, fiestas pequeñas donde se servía pollo guisado, tostones, arroz con coco y habichuelas con dulce. Pero ahora cada canción llevaba verdad, y cada nota sonaba más viva que antes. Poco a poco, la gente volvió a escucharlo. No por misterio ni por riqueza repentina, sino porque su merengue hacía bailar y también hacía sentir.
Con el tiempo, Mateo volvió a los grandes escenarios. Esta vez su sombra bailaba exactamente como él: ni un paso más, ni uno menos. Y cuando algún joven le preguntaba cómo triunfar rápido, él sonreía y respondía que el merengue es como la buena comida dominicana: necesita fuego lento, sazón y paciencia. Los atajos pueden llenar el bolsillo, decía, pero vacían el alma.
Desde entonces, cuentan en San José de las Matas que, en noches de luna quieta, el viento del monte todavía trae un susurro antiguo. Algunos dicen que es el Bacá buscando a otro ambicioso. Otros, que es solo el eco de una historia que recuerda que la música verdadera no se invoca con pactos, sino con trabajo, humildad y corazón. Y mientras haya una tambora sonando en el Caribe, esa lección seguirá bailando, de generación en generación.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 26 de febrero de 2026 a las 00:49
- Comentario del autor sobre el poema: *Mi agradecimiento al compañero EmilianoDR por su gentileza al contribuir con informaciones sobre los mitos quisqueyanos.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1
- En colecciones: RELATOS.

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