En el momento en el que las flores germinaron de su semilla, el viento sopló con intensidad. La niebla no embellecía el paisaje; lo volvía incierto. Una corriente de aire atravesaba los árboles añejos que cubrían la tierra virgen, empapada, con un olor crudo y denso.
En un instante, el sonido parecía desvanecerse sin despedida.
Desde la penumbra de su corazón, las teclas del piano dejaban caer sus últimas notas.
Sus cabellos recaían sobre mis labios deshidratados, con la frialdad del amanecer sin sol.
Su rostro angelical congeniaba perfectamente con la oscuridad neblada.
El frío se volvía penetrable con su melancolía.
De mi rostro pálido brotaba un llanto que quemaba cada fibra de mi ser.
El cielo, brillante por las estrellas, enternece una escena dramática y mágica que irrumpía en la mente de los más escépticos.
Así como el río, rodeado de piedras y duendes de dosel, mi cuerpo expulsaba sangre helada.
Mi alma se perdía en el azul de sus ojos, cubiertos de agua cristalina y dulce, que emana del mismo lagrimal de su pena absoluta.
Este maravilloso ser tomó mi mano y, aunque nuestros átomos jamás se tocaron, sentí el universo de sus labios desafiando la física en un beso.
Sus palabras no lograba escucharlas, no sentía mi corazón latir. Solo su aura invadiendo mi ser.
Finalmente, expiró, como el de un tren al parar su marcha, como quien descansa después de una gran batalla librada.
Su imagen se desvanecía en mis pupilas dilatadas, en mi alma retirándose de este mundo mágico.
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Autor:
- (ATH) DIAZ (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 26 de febrero de 2026 a las 00:44
- Comentario del autor sobre el poema: Agradezco sus comentarios.
- Categoría: Espiritual
- Lecturas: 1

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