El hombre que se quedó

Antonio Portillo




Se sienta en Barcelona
como quien por fin ocupa su nombre.
No espera milagros.
No revisa errores.
No ensaya disculpas antiguas.
Respira.
El tráfico pasa.
Las conversaciones ajenas flotan.
El mundo sigue con su prisa
y él no compite.
Hubo años de tensión invisible,
de exigirse más verdad que nadie,
de sostener miradas
aunque dolieran.
Hubo miedo a fallar.
Hubo hambre de sentido.
Hubo un juez interior
más severo que cualquier tribunal.
Hoy no.
Hoy se observa sin castigo.
Se reconoce sin épica.
Se acepta sin absolverse.
No ha vencido al pasado.
Lo ha integrado.
No controla el futuro.
Lo deja venir.
Y en ese gesto mínimo —
no huir,
no justificarse,
no esconderse —
descubre algo que no necesita ruido:
que estar presente
es el acto más valiente
que ha aprendido.

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Comentarios +

Comentarios1

  • Marie Paule

    Se necesita tanto tiempo para aprender a estar presente, simplemente.

    ¡Me ha gustado!

    Saludos

    Marie Paule



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