Paris se arrodilla Ante ti

Vale Moran

 
Los sinsabores de la vida, una frase que escuché pocas veces y que, nunca llegué a comprender del todo. Sabía, vagamente que hablaba de una de cal y otra de arena, de esa idea de que después de algo malo, siempre viene algo bueno. ¿Es así? ¿Realmente es así?

Mis padres hacían que esas frases se diluyeran con rapidez. Tuve la suerte inmensa de amarlos con el alma, como en los cuentos, como en los sueños. Comprendí cada gesto de su crianza, cada "sí" y cada "no" y también experimenté el dolor de sus pérdidas, de sus muertes que, de alguna forma, fue también un poco mis propias muertes. Tiempo de renacer.

La vida es eso tiempo: el tiempo del amor, y el desamor, el tiempo de la ausencia, del trabajo y del descanso, los feriados, los almuerzos, los amigos, los enemigos, de la rutina y de los viajes, de los cumpleaños, de las caminatas.

Siempre estamos esperando el tiempo de algo. Esperamos y desesperamos. Así parece. Así es la vida. Y así es la muerte.

Por momentos, el dolor es insoportable, enloquecedor. Por otros, huele a paz y calma.

Recuerdo las últimas horas que pasé con mamá, tomadas de la mano. En ese instante me pregunté en qué momento crecí tanto como para no necesitarla.

Recuerdo su respiración, la incertidumbre de sus pausas. Le susurraba al oído, despacito para no inquietar su alma.

Recuerdo que Miraba el suero y contaba las gotas cayendo por minuto (debían ser 24)

Como si eso pudiera hacer más llevadera la espera. El silencio aturdía. La espera de lo inevitable, también.

Tomé sus manos tantas veces, como tantas veces ella había tomado de la mía. Solo quería que supiera que estaba ahí, para ella. Pienso que no le hubiese gustado verse así. Mi mamá era la mujer más hermosa del mundo. Y no lo decía solo yo. Alguien llegó a decirle que hasta París se había arrodillado ante ella.

Recuerdo que le decía: "Mami, estoy acá". Y me sorprendía cómo su mirada iba transformándose. Se iba rindiendo, a “eso” que durante años batalló.  Nunca me venció el miedo, ella fue mi mejor maestra para aprender a dominarlo.

En esas últimas horas hicimos todo lo que nos dijeron. Nos reímos, contamos historias, pedimos perdón, le pusimos la música que amaba, la abrazamos. Estuvimos solas. Estuvimos con mis hermanos. La dejé sola. Imaginamos un viaje. Prometimos viajar. Recé (quienes me conocen saben que eso no es algo habitual en mí)

Me preguntaba si iba a reconocer el momento exacto de su muerte. ¿Sentiré frío? ¿Correrá una brisa? ¿Se iluminará la habitación? ¿Se detendrá el reloj?

La vida no se detiene. El mundo no se detiene. Pero el mio, sí. Y está bien que así sea. Sin reproches. Besé su frente infinitas veces, le limpié el sudor, la tapé, abrí las ventanas, y le dije al oído: "Te amo", como si no lo supiera. Aunque claro… las madres siempre saben todo. Por lo menos, la mía. Ella siempre lo sabía, incluso antes que yo.

Le dije: "Gracias por ser mi mamá, por ser tan valiente, por ser vos” y me fui. Un poco cobarde, quizás, por no haber aguantado su último suspiro. Pero la muerte nunca es apasionada. Se la vive como se puede.

Imaginé un puente infinito. Ella caminando despacio. Me miraba, y sonreía. Ya no dolía. En el cielo, majestuosa belleza veía Dios ante él.

Imaginé a su abuela y a su mamá esperándola, listas para mimarla.

 Nada se detuvo. El reloj marcó 05:05 hs, Fin

  Por momentos me cuesta aceptarlo, el mundo siguió igual. Solo que sin  ella. Y eso, para mí, no es lo mismo. Hasta Paris no es la misma.

Vuelvo a preguntarme: ¿en qué momento crecí tanto?

Jamás llegué a pensar que la necesitaría cada segundo de mi vida.

 

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  • Autor: Vale Moran (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 25 de febrero de 2026 a las 08:53
  • Comentario del autor sobre el poema: Es un relato sobre los ultimos dias de mamá en este plano.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2
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