La Guerra

Luis Barreda Morán

La Guerra 

En salones de mármol donde el humo del habano dibuja mapas,
hombres de traje oscuro deciden, con un gesto, el porvenir de un pueblo,
mientras cuentan en cifras el costo de los misiles y los tanques
como si fuera el balance de una empresa, el riesgo de una inversión,
y jamás escuchan el llanto que mañana empapará la tierra.

La tinta de los tratados aún no seca sobre el pergamino
cuando ya la maquinaria de la muerte comienza su rutina.
Los titulares mienten con banderas y con himnos nacionales,
pero en la trinchera fangosa solo existe el color del miedo
y el barro que se mezcla con la sangre de quienes nada decidieron.

Un niño busca entre escombros el juguete que ayer lo acompañaba.
Su casa ya no es casa, sino un montón de polvo y de memoria.
Su madre grita un nombre que repiten las paredes en ruinas,
y en su pequeña mano aún guarda un pan que nadie comerá esta noche,
porque el hambre llegó con las botas y el rugido de los aviones.

En los cuarteles, miles de jóvenes visten un sueño que no es suyo.
Aprenden a marchar al compás de una música que otros componen.
Sus mochilas cargan fotos de novias, de padres y de hermanos,
objetos diminutos que en la guerra pesan como el plomo
y que, en el momento justo, no detienen la trayectoria de una bala.

El general desde su mapa mueve fichas sobre un tablero limpio.
Nunca huele el hierro caliente, ni escucha el estertor de sus soldados,
nunca ve cómo la noche devora a los muchachos uno a uno,
cómo sus madres rezarán por siempre ante una foto y una vela,
mientras él duerme en su cama de sábanas impecables y blancas.

La ciudad que fue bullicio ahora es un esqueleto de silencio.
Sus calles son venas abiertas por donde circula la metralla.
Las plazas donde los niños jugaban son campos de batalla estériles,
y en cada esquina un fusil apunta a la sombra de otro fusil
en este duelo de ciegos que siembran muerte por designio de la sinrazón.

Los que nunca verán el frente, desde sus torres de cristal calculan:
suman hectáreas de petróleo, restan vidas como decimales,
multiplican su fortuna con cada explosión lejana,
dividen el mundo en zonas de influencia y de negocios.
Y, mientras tanto, el barro se traga los cuerpos de la juventud.

Al final, cuando el humo se disipe y callen las sirenas,
los mismos hombres de traje oscuro volverán a sus salones
para firmar la paz sobre los huesos aún calientes de los muertos,
para repartirse nuevamente el mapa con sus líneas invisibles,
mientras abajo, muy abajo, la tierra tiembla de rabia contenida.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Febrero, 2026.

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Comentarios1

  • Nkonek Almanorri

    Permítame: Leí su escrito sólo hasta esa mitad donde menciona al niño, ahí decidí parar y dejar de leer; lo hice por decencia, por moral y por ética. Uno está ya cansado de leer, oír y escuchar siempre el mismo argumento, éste que es el del culpar al otro de todos los males. Hace años, bastantes (y no soy un anciano sino que llevo años, muchos, viendo la realidad antes de que nos hicieron saber - quizás por descuido - que los mayores crímenes de la humanidad se planean en esos salones, esto ya se hacía en el Imperio romano). Decía que hace ya bastantes años en que me convencí de que los verdaderos y primeros asesinos de la humanidad no están esos que usted menciona, no. Los verdaderos asesinos y criminales de la Humanidad, toda, son, somos, nosotros, los que votamos democracias asesinas, lo hacemos en urnas de cristal, de cartón e incluso en cajas de madera (como he visto en algunas zonas de África); lo hacemos tras escuchar y saber que nos engañaban, así y todo lo aceptábamos todo. Hoy - y para simplificar - Gobiernos del mundo entero (O de todo el Planeta) ven y callan el crimen que el Gobierno de EEUU impone a Cuba sin oposición alguna en el resto del Mundo; vemos cómo una sociedad, la cubana, que jamás nunca ha invadido ni ha ofendido a nadie en el planeta recoge basura por las esquinas de las calles buscando algo que comer, todo no porque lo deciden asesinos en salones de marmol sino porque nosotros lo permitimos. Somos los sostenedores de nuestras propias guerras y por tanto cada cual sufrirá la suya.



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