◇ Mis días en el Muñíz

Vientoazul

Mis días en el Muñiz

 

Los anillos en el aire

 

Algo me recuerda a un niño de corta edad, por ese entonces asomado a un ventanal del Hospital Muñiz de Agudos, en Parque de los Patricios, con tan solo siete años. Un hospital de grandes ventanas y paredes blancas.

 

Rosario (mi madre) había salido de compras; yo me encontraba jugando con mis soldados de plomo en un patio enorme de la casa, pero algo no estaba bien conmigo. Entonces guardé todo y me acosté en la cama de mis padres. La fiebre comenzaba a instalarse. Al llegar mi madre, empezaron las interminables consultas médicas. Pasé de una bronquitis aguda a meningitis y, entonces, con urgencia fui internado.

 

Por esos años (1956) habían llegado varias enfermedades a Buenos Aires: parálisis infantil, tos convulsa y meningitis, todas de cuidado. Mis recuerdos de esa época son borrosos, como postales de una memoria distante.

 

Asomado a la ventana, algunas veces veía anillos circulares en movimiento, como paisaje, y soñaba treparlos: una forma agradable de mis visiones. La enfermedad estaba instalada en mí.

 

Un día, mientras me encontraba despierto y lúcido, trajeron a un anciano con una pierna agusanada y lo pusieron a dos camas de donde yo estaba. Se imaginarán que, cuando llegó papá, armó un escándalo bárbaro. Se enojó tanto que, al final, lo terminaron cambiando de sala.

 

Había muy pocas visitas; yo estaba ansioso de que llegara mamá o papá. A mis hermanos no los dejaban entrar. Otras veces venía a mí la imagen de un biombo blanco; eso me impresionaba bastante. Lo colocaban cuando las cosas no andaban bien con mi salud.

 

Una vez trajeron a un niño con tos convulsa. Rosario creía que la mamá del nene nos sacaba compota porque faltaba contenido del frasco; cosas de la pobreza.

 

Estando en cama, alguna de mis tías me traía un globo con buenas intenciones, pero me daba la impresión de que esto a mamá no le agradaba demasiado, y más tarde comprendí por qué. Los globos son difíciles de controlar y, si yo no terminaba en el piso, era de casualidad. Además, mi condición era inestable. También podrían haberlo atado a la cama, y problema resuelto.

 

En otros momentos, ya mejor, me encontraba caminando entre dos hileras de sillas, aprendiendo a caminar nuevamente. Del otro lado, a veces me esperaba un doctor y, otras, Rosario, mi madre.

 

Faltando poco para recibir el alta, mi curiosidad me llevaba a recorrer otros pisos vacíos y patios enormes sin temor alguno.

 

Cada tanto, en el recuerdo —hoy, siendo abuelo—, me veo asomado al ventanal, viendo los anillos concéntricos aún en movimiento.

 

Cuánto le debo a la vida...

 

 

Autor:

Vientoazul 🦋⃟

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