Qué dureza más grande para el alma,
no poder sentirse acompañada,
acobijada,
escuchada.
Qué dureza para el cuerpo
batallar a diario,
moldearse
según las etiquetas sociales
de un mundo inflexible.
Pero someto mis sentidos
para sobrevivir,
para existir
en un mundo
en el cual no existo.
Caminar por las calles
de un mundo inflexible
es suplicio para el alma.
Al alba,
con la calidez del sol
que acaricia mi rostro,
me preparo para comenzar
esa flexibilidad inflexible,
en la que pierdo mi alma,
mi esencia,
para mirar
a través de los ojos del mundo
que adoctrina mi mirar.
Sufro en silencio
el sonido de la invisibilidad:
el click-clack de los zapatos,
las voces amontonadas,
las sonrisas vacías,
también la mía,
y las inconsistencias
de quienes me rodean.
Sonríe más, proclaman,
mientras me miran
con agrio desdén.
Debes acoplarte,
este mundo es así,
debes aprender a sobrevivir.
Mi cuerpo y mi alma se afligen,
pero encuentran consuelo
en la promesa del día:
que el suplicio de hoy
pronto acabará.
En el descanso de mi hogar,
en el calor de mi habitación,
hallaré un abrazo
bajo el cobijo de mi cama.
En el abrazo de mi almohada
susurraré
las penas amargas
que viví este día.
Con lágrimas en los ojos
dejaré que el cansancio
apacigüe mi alma,
hasta un próximo día
en que el sol
me acaricie nuevamente.
Y prepararé mi alma
para comenzar otro día
con mi única compañía:
la mía.
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Autor:
Varen (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 23 de febrero de 2026 a las 22:37
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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