Carta para ella, escrita al amanecer.

Efrain Eduardo Cajar González

I

Amada, el alba tiembla en tu memoria,

la luz pronuncia tu secreto nombre;

despierta el día y su dorada gloria

parece arder tan sólo por asombre.

La brisa trae tu voz entre sus manos,

susurra versos que aprendió de ti;

y yo los guardo, fiel, como arcanos

que el cielo dicta sólo para mí.

 

II

La aurora abre sus párpados rosados,

como quien sueña y teme despertar;

sus rayos son mensajes delicados

que el sol ensaya para pronunciar.

Así mi voz ensaya tu ternura,

así mi pulso aprende tu latir;

pues toda luz descubre su hermosura

cuando imagino tu modo de existir.

 

III

Las nubes beben tintas de tu aliento,

el aire copia el ritmo de tu andar;

el mundo entero parece atento

al leve eco que sabe a tu mirar.

Si el día nace es sólo por verte,

si canta el ave es por tu claridad;

pues todo aquello que parece fuerte

se inclina ante tu dulce potestad.

 

IV

Escribo mientras tiembla la mañana,

como si el tiempo oyera mi papel;

la pluma avanza dócil y liviana

siguiendo el rastro tibio de tu miel.

No sé si el alba entiende lo que digo,

mas sé que guarda fiel mi confesión:

que el sol no tiene brillo si conmigo

no arde la llama de tu aparición.

 

V

El horizonte al verte se arrodilla,

los montes callan sólo por oír;

la luz se vuelve dócil maravilla

cuando tu nombre empieza a florecer.

Así también mi espíritu se inclina

al recordar tu voz de claridad;

porque tu ser, cual lámpara divina,

enciende en mí la fe de eternidad.

 

VI

Los pájaros repiten tu cadencia,

aprenden de tu risa a madrugar;

el viento ensaya leve reverencia

cuando tu imagen cruza el despertar.

Ninguna aurora iguala tu semblante,

ningún fulgor alcanza tu calor;

pues eres tú la llama vigilante

que alumbra el reino íntimo del amor.

 

VII

La tierra exhala un hálito sereno,

como si supiera que estás en él;

el cielo luce un resplandor más pleno

cuando tu nombre roza su dosel.

Así también mi voz se vuelve canto,

así mi sombra aprende claridad;

porque tu ser disuelve todo espanto

y vuelve al alma pura libertad.

 

VIII

Si vieras cómo el día te proclama

en cada rayo claro que nació,

dirías que la luz se vuelve llama

tan sólo por copiar lo que eres tú.

No hay oro que compare tu destello,

ni aurora que supere tu existir;

el sol parece apenas un reflejo

del fuego que me enseñas a sentir.

 

IX

Mi carta es hoja leve del rocío,

escrita con la tinta del alba;

cada palabra cruza el aire frío

buscando el puerto donde tu alma está.

Recíbela como quien oye lejos

un canto que no sabe de final;

pues son mis versos tímidos espejos

de aquello que no sé cómo nombrar.

 

X

Si un día el sol negara su presencia

y el cielo olvidara amanecer,

aún viviría intacta tu influencia

como la causa eterna de mi ser.

Porque tu luz no depende del día,

ni tu fulgor del curso del reloj;

tu esencia es una aurora que me guía

más firme que la marcha del sol.

 

XI

Despunta el tiempo y ya te pertenece,

se inclina dócil ante tu existir;

la luz al verte apenas amanece

y aprende lentamente a relucir.

El alba misma parece aprendiz

que intenta descifrar tu claridad;

pues tú eres el principio y la raíz

del día y su primera eternidad.

 

XII

Así termina el alba y yo te escribo,

aún tibio el cielo, aún joven el fulgor;

si el día crece, crece porque vivo

bajo la gracia suave de tu amor.

Y cuando el sol alcance su victoria

y el mundo entero empiece a resplandecer,

diré que fue tu luz — no su memoria —

la que enseñó a la aurora a nacer.

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