I
Amada, el alba tiembla en tu memoria,
la luz pronuncia tu secreto nombre;
despierta el día y su dorada gloria
parece arder tan sólo por asombre.
La brisa trae tu voz entre sus manos,
susurra versos que aprendió de ti;
y yo los guardo, fiel, como arcanos
que el cielo dicta sólo para mí.
II
La aurora abre sus párpados rosados,
como quien sueña y teme despertar;
sus rayos son mensajes delicados
que el sol ensaya para pronunciar.
Así mi voz ensaya tu ternura,
así mi pulso aprende tu latir;
pues toda luz descubre su hermosura
cuando imagino tu modo de existir.
III
Las nubes beben tintas de tu aliento,
el aire copia el ritmo de tu andar;
el mundo entero parece atento
al leve eco que sabe a tu mirar.
Si el día nace es sólo por verte,
si canta el ave es por tu claridad;
pues todo aquello que parece fuerte
se inclina ante tu dulce potestad.
IV
Escribo mientras tiembla la mañana,
como si el tiempo oyera mi papel;
la pluma avanza dócil y liviana
siguiendo el rastro tibio de tu miel.
No sé si el alba entiende lo que digo,
mas sé que guarda fiel mi confesión:
que el sol no tiene brillo si conmigo
no arde la llama de tu aparición.
V
El horizonte al verte se arrodilla,
los montes callan sólo por oír;
la luz se vuelve dócil maravilla
cuando tu nombre empieza a florecer.
Así también mi espíritu se inclina
al recordar tu voz de claridad;
porque tu ser, cual lámpara divina,
enciende en mí la fe de eternidad.
VI
Los pájaros repiten tu cadencia,
aprenden de tu risa a madrugar;
el viento ensaya leve reverencia
cuando tu imagen cruza el despertar.
Ninguna aurora iguala tu semblante,
ningún fulgor alcanza tu calor;
pues eres tú la llama vigilante
que alumbra el reino íntimo del amor.
VII
La tierra exhala un hálito sereno,
como si supiera que estás en él;
el cielo luce un resplandor más pleno
cuando tu nombre roza su dosel.
Así también mi voz se vuelve canto,
así mi sombra aprende claridad;
porque tu ser disuelve todo espanto
y vuelve al alma pura libertad.
VIII
Si vieras cómo el día te proclama
en cada rayo claro que nació,
dirías que la luz se vuelve llama
tan sólo por copiar lo que eres tú.
No hay oro que compare tu destello,
ni aurora que supere tu existir;
el sol parece apenas un reflejo
del fuego que me enseñas a sentir.
IX
Mi carta es hoja leve del rocío,
escrita con la tinta del alba;
cada palabra cruza el aire frío
buscando el puerto donde tu alma está.
Recíbela como quien oye lejos
un canto que no sabe de final;
pues son mis versos tímidos espejos
de aquello que no sé cómo nombrar.
X
Si un día el sol negara su presencia
y el cielo olvidara amanecer,
aún viviría intacta tu influencia
como la causa eterna de mi ser.
Porque tu luz no depende del día,
ni tu fulgor del curso del reloj;
tu esencia es una aurora que me guía
más firme que la marcha del sol.
XI
Despunta el tiempo y ya te pertenece,
se inclina dócil ante tu existir;
la luz al verte apenas amanece
y aprende lentamente a relucir.
El alba misma parece aprendiz
que intenta descifrar tu claridad;
pues tú eres el principio y la raíz
del día y su primera eternidad.
XII
Así termina el alba y yo te escribo,
aún tibio el cielo, aún joven el fulgor;
si el día crece, crece porque vivo
bajo la gracia suave de tu amor.
Y cuando el sol alcance su victoria
y el mundo entero empiece a resplandecer,
diré que fue tu luz — no su memoria —
la que enseñó a la aurora a nacer.
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Autor:
Efrain Eduardo Cajar González (
Offline) - Publicado: 23 de febrero de 2026 a las 00:15
- Categoría: Carta
- Lecturas: 6
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