Vía Crucis

Efrain Eduardo Cajar González

I
Sale el silencio al patio del juicio,
la aurora tiembla de bronce y temor,
la culpa se viste de falso servicio,
la turba sentencia sin ley ni pudor.
El cielo contiene su aliento profundo,
la historia se inclina con grave interés,
pues va a comenzar el paso fecundo
del Dios que camina descalzo otra vez.

II
La cruz se levanta — madera y destino —
como un decreto tallado en dolor;
la carga reposa sobre el Divino
que acepta en sus hombros la sombra y la flor.
El polvo contempla su paso paciente,
la calle se vuelve testigo ancestral,
y el tiempo detiene su pulso latente
al ver al Cordero marchar al final.

III
Primera caída: la tierra lo abraza,
lo besa con barro, con fría piedad;
la piedra se alegra, la arena amenaza,
la sangre inaugura su roja verdad.
Mas vuelve a erguirse la carne herida,
con gesto más firme que el hierro y la ley,
pues sabe que toda la humana caída
se alzará con Él si no abdica el Rey.

IV
La Madre lo mira — silencio infinito —,
sus ojos pronuncian lo que no dirá;
ningún evangelio contiene ese grito
que el alma en silencio tan sólo sabrá.
Dos mundos se cruzan sin roce visible:
el Hijo que sufre, la Madre que ve;
mil mares cabrían en llanto imposible
que ninguno escucha ni logra entender.

V
Un hombre obligado comparte el madero,
sus manos aprenden el peso del bien;
ignora que ayuda al Amor verdadero,
ignora que alzando se alzará también.
La cruz se divide, mas no su sentido,
la carga se vuelve misterio común;
quien toca ese tronco ya queda ungido
por savia de gracia secreta y sin fin.

VI
Un paño se acerca con gesto valiente,
una mujer limpia sudor y dolor;
el rostro divino se imprime silente
en tela que guarda su vivo fulgor.
No hay trono más digno que el lino callado
que besa la faz del eterno Señor;
la tela ha quedado por siglos marcada
con rastro de cielo, de sangre y de amor.

VII
Segunda caída: la fuerza se agota,
la carne recuerda que es polvo mortal;
la burla se afila, la risa se brota,
el odio celebra su triunfo infernal.
Mas Dios no responde con furia ni espada,
ni invoca legiones del cielo en tropel;
su reino no vence con ira alzada,
su trono se funda cayendo por Él.

VIII
Las hijas de Sión lo miran llorando,
sus voces se quiebran en dulce clamor;
mas Él las consuela, doliente y amando,
como si olvidara su propio dolor.
“Llorad por vosotras” — su aliento susurra —,
y el viento repite la grave lección:
que el mal que hoy florece mañana se apura
a dar su cosecha de amarga aflicción.

IX
Tercera caída: la noche se acerca,
la vida vacila, se inclina la luz;
el mundo parece frontera y alberca
donde se ahoga el aliento de Dios en la cruz.
Mas tiembla la muerte al verlo tendido,
pues sabe que pronto su cetro caerá;
el barro no puede retener vencido
al Verbo que al barro la vida dará.

X
Despojan su túnica — gesto de hielo —,
la suerte se juega su pobre vestir;
el cielo se cubre de un luto sin velo,
la tierra presiente que va a estremecir.
La piel queda expuesta cual página abierta,
escrita con llagas de rojo fulgor;
la carne revela la historia encubierta
del mundo salvado por puro amor.

XI
Los clavos proclaman su himno de acero,
el monte responde con ronco temblor;
la cruz se levanta cual árbol primero
que da fruto eterno de vida y perdón.
El cielo se parte, la roca suspira,
el sol se oscurece temblando de fe;
la muerte se acerca, mas duda y delira
al ver que su víctima reina de pie.

XII
El grito final rompe el velo del tiempo,
la tarde se inclina vestida de gris;
el mundo se cubre de santo lamento,
los siglos se arrodillan ante ese matiz.
No muere: se entrega, misterio profundo,
que al morir da vida, que al darla es Señor;
la cruz se convierte en eje del mundo,
la herida en aurora, la sombra en fulgor.

XIII
Desciende el silencio con manos piadosas,
lo envuelven en lino de calma y piedad;
las lágrimas ruedan cual perlas preciosas
que pagan tributo de fiel lealtad.
La Madre lo recibe, mármol viviente,
trono de tristeza, altar de quietud;
su pecho sostiene, solemne y doliente,
al Rey que parece vencido en la cruz.

XIV
La piedra se cierra — guardiana severa —,
la noche custodia su fúnebre umbral;
mas tiembla la tumba, pues sabe que espera
la aurora más fuerte que el duelo mortal.
Callad, peregrinos: el drama no acaba,
la muerte no escribe la última voz;
el sepulcro ignora que ya germinaba
la luz que al tercer día dirá: soy Dios.

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