Peripecias del hada Titania XXVIII

Salva Carrión

 

El Desfiladero de los Fonemas

 

 

El grupo de viajeros se sentía satisfecho por haber liberado el Diapasón de la destrucción de las Ventosas de Silencio y de que éste volviera a funcionar, recuperando las palabras escritas en el decurso de las edades y salvar del olvido todos los libros almacenados en la Biblioteca-Caracola.

También eran conscientes de que no habían acabado sus tribulaciones. Intuían que la amenaza de la Afonía Final los seguía acechando. Decididos a enfrentarse a ella, dirigieron la nave rumbo a este nuevo desafío.

El Bajel Celeste inició un descenso vertiginoso, inclinando su proa hacia una herida abierta en la corteza del espacio: el Desfiladero de los Fonemas. Una garganta de basalto cuyas paredes, cubiertas por un pulido manto tornasolado, cobijaba los fonemas que formaban todo el acervo lingüístico conocido. Un zumbido constante de sílabas aisladas y raíces de palabras olvidadas emanaba de las rocas repercutiendo en los oídos de la tripulación.

—¡Reducid la altitud! —ordenó Ako, extendiendo sus alas para interpretar el curso de las corrientes—. El viento aquí solo obedece las leyes de la gramática. Hay ráfagas que golpean con la fuerza de un verbo imperativo y remolinos que actúan como signos de puntuación, deteniéndolo todo en seco. Si perdemos la sintaxis el desfiladero nos escupirá como indigestos errores de concordancia gramatical.

El Leñador aferró fuertemente el timón con sus manos callosas. Sentía la madera del Bajel quejarse por algunas ráfagas de mala ortografía que sacudían la quilla.

—Siento que el barco quiere decir algo, Titania —gruñó con su voz recia— Las cuadernas se quejan y el timón replica con una nota chirriante que se cala en mis palabras.

Titania se asomó por la borda, intrigada y temerosa, para comprobar daños en el casco. A medida que se internaban en las profundidades, el ruido blanco se filtraba en la pronunciación de los fonemas puros, los ladrillos de la creación: el restallido seco de una "R" que recordaba a la piedra al romperse; el flujo sibilante de una "S" que imitaba el agua deslizándose por un cauce pedroso…

Kelbuk, aún algo afectado tras su encuentro en la Biblioteca con las Ventosas del Silencio, extendió un pergamino de remota escritura sobre la mesa de mapas. El papel, sensible a las emanaciones del entorno, comenzó a teñirse de un verde clorofila.

—Estamos entrando en el estrato antiguo del Bosque Nevado—explicó el bibliotecario, con un brillo de excitación académica tras sus anteojos—. Acércate, Titania. Debes comprender que lo que la generalidad llama  ‘magia’ es,  de hecho, una pronunciación perfecta de la fantasía que siempre acompaña a la realidad. Tu linaje brotó de una semántica articulada por la filología del Universo.

El Bajel se detuvo, flotando ante una cascada de hielo colosal que colgaba como los tubos de un órgano catedralicio. El Águila Irisada descendió y posó sus garras sobre el carámbano central. Al contacto, una modulación fónica profunda sacudió el aire y una palabra se materializó en el vaho condensado del precipicio: ARBORIGENIA.

—Observa la etimología del nombre del espíritu del Bosque Nevado —dijo Kelbuk, señalando los glifos del pergamino—. No es una etiqueta al azar. ‘Arbor’, la primera parte de este vocablo proviene del silencio vegetal del invierno; es la resistencia de los árboles para dormir bajo la nieve sin que su corazón se detenga. Y ‘Genia’ es el origen de la voluntad que empuja la savia hacia arriba del tronco y del ramaje, superando la fuerza de la gravedad.

Kelbuk miró a Titania con semblante circunspecto:

—Tu magia no consiste simplemente en hacer crecer plantas, pequeña amiga. Es el poder de dar estructura a la vida allí donde la esterilidad intenta deshacerla. Solo tú , al pronunciar la palabra Arborigenia, tienes la potestad de revocar lo incorrecto.

Esta revelación fue interrumpida por un frío antinatural. De las grietas de las altas paredes brotó una niebla gris y pesada: la Afonía Final. Allí donde la vacuidad tocaba las paredes, el sonido moría.

En ese lapso, la comunicación de las rocas enmudeció y el pergamino comenzó a borrarse, volviéndose un trozo de papel inerte.

—¡Nos están silenciando! —gritó Akelia, llevándose las manos a la garganta—. Siento... siento cómo vuestros nombres se me escapan de la memoria. ¡Si olvidamos cómo nos llamamos, dejaremos de existir!

El Leñador intentó decir algo, pero de su boca solo salió un efluvio apagado. El silencio se tornó un peso físico, una prensa que amenazaba con aplastar el Bajel y convertir a sus ocupantes en fantasmas sin identidad.

Titania comprendió que su media varita era solo un apoyo. La verdadera fuente era la verdad que Kelbuk acababa de desvelar. Se puso en pie sobre la cubierta de proa, cerró los ojos y buscó en su interior ese hálito que la Afonía intentaba sofocar. Hizo un intento de pronunciar la palabra que representaba el espíritu del Bosque Nevado, pero solo pronunció un sonido ronco. Lo intentó, una vez más, con todas las fuerzas que salían de su interior y gritó:

—¡ARBORIGENIA! ¡ARBORIGENIA!

Su voz estalló en una onda de presión deslumbrante. La entonación era tan pura que la niebla se disipó al oírla. El vacío, obligado a tomar forma por la fuerza del nombre, se convirtió en grotescas esculturas de hielo que se fragmentaron al caer al fondo del abismo. La quebrada volvió a cantar y el silencio fue derrotado.

El Bajel Celeste, libre del lastre de la mudez, comenzó a elevarse de nuevo hacia los cielos abiertos. Titania bajó la mirada hacia sus manos, que aún retenían un pequeño temblor.

—Ahora que conoces tu nombre —dijo el Águila Irisada, aterrizando sobre la borda—, ya no eres una mera espectadora del mundo. Eres una autora.

—¿Autora? —respondió ella, con la voz cansada por el esfuerzo—. Yo solo... quería que el silencio no nos borrara. No me siento como alguien que escribe el acontecer general, Ako. Sigo sintiendo que el mundo me acoge y yo solo intento no caerme del barco.

El Águila inclinó su cabeza, observándola con una mirada de condescendencia.

—Esa es la diferencia entre un cincel y la mano que lo sostiene, pequeña —replicó Ako, ahuecando sus plumas—. Hasta ahora, tu magia era una reacción, un espasmo de supervivencia. Usabas la "Arborigenia" como un escudo. Pero hoy no has repelido el silencio, lo has redefinido. Has obligado a la nada a convertirse en humo baldío. Has dictado una fórmula de existencia sobre la incorrección. Has enderezado los renglones torcidos del devenir.

Titania acarició la madera del Bajel, que ahora ronroneaba bajo sus pies con una nota armoniosa.

—Da miedo —confesó ella con sinceridad—. Si soy creadora de significados, cada una de mis palabras tiene consecuencias. ¿Y si pronuncio algo equivocado? ¿Y si mi verbo no es lo bastante firme para sostener la vida?

—Ese miedo es el que te mantendrá justa —el Águila extendió un ala, señalando las profundidades del desfiladero donde los restos de la mala praxis gramatical seguían cayendo—. Un autor descuidado llena el mundo de ruido. Una autora sabia, como tú, sabe que el lenguaje es un equilibrio entre el silencio que respeta y la palabra que construye. No temas tu poder, Titania: teme solo perder la libertad de decir la verdad.

Titania asintió con humildad, notando cómo el latido de su corazón se sincronizaba con el ritmo del viento. Ya no era solo una pasajera; era la rima que daba sentido a la estrofa del quehacer en equipo.

Kelbuk enrolló su pergamino con una sonrisa satisfecha, aunque sus dedos aún retenían un ligero escalofrío emocional. Y señaló hacia el horizonte.

—El mapa nos muestra que la Afonía se retira hacia el Océano de las Intenciones. Allí, la ignorancia, además de silenciar las palabras, intentará también corromper los pensamientos de quienes las crean. 

Debemos prepararnos bien para la siguiente escala. ¡Adelante!

 

 

*Autores: Nelaery & Salva Carrión

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  • Autor: Salva Carrión (Offline Offline)
  • Publicado: 20 de febrero de 2026 a las 10:17
  • Comentario del autor sobre el poema: Autores: Nelaery & Salva Carrión
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
  • Usuarios favoritos de este poema: Salva Carrión
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