Valió la pena sentir

Austin Mora

Hoy dejo al bolígrafo pensar por mí, como un anciano que camina solo por un pasillo de humo sin preguntar adónde va, y le permito recorrer la recámara principal de mi mente, donde la conciencia se sienta a fumar mientras el alma cuenta monedas viejas. Siempre repetí mi sentencia como un rezo torcido —somos esclavos de nuestras decisiones—, pero hoy entendí algo más profundo: cuando olvidamos la conciencia, no es el sentir el que nos encadena, sino el vacío que dejamos al no escucharnos. La emoción no es cárcel; cárcel es caminar sin saber quién sostiene nuestro temblor. Porque sentir no es el enemigo, es el idioma con el que la vida nos pronuncia.
Hoy desperté tranquilo mirando el balcón como si fuera un espejo abierto, recordando quién soy y de dónde vengo, todo lo que fue necesario atravesar para estar aquí: el miedo que me enseñó a rezar, la incertidumbre que me enseñó a esperar, la tristeza que me enseñó a mirar al cielo, la felicidad breve que me enseñó a llorar sin culpa. Comprendí que qué bello es vibrar, aunque esa vibración sea un precipicio con nombre propio, porque incluso la caída nos recuerda que todavía estamos vivos, que todavía late algo que insiste en no apagarse.
Hay quienes se entregan al temblor y vuelven a levantarse como si la esperanza fuera una herida que nunca termina de cerrar. Resiliencia, le llaman; yo la nombro fe cansada, ese acto absurdo y luminoso de seguir amando cuando todo parece humo, de seguir creyendo cuando Dios guarda silencio y solo responde con viento. Las emociones llegan como cartas sin remitente: a veces miedo, a veces gozo, nostalgia, ansiedad, cariño o un golpe invisible que no se entiende ni se explica. Pero seguimos, porque vivir no es dominar el corazón ni obedecer ciegamente al impulso, sino caminar entre conciencia y emoción como un equilibrista agradeciendo cada paso aunque tiemble la cuerda.
Entonces que el pulso no se detenga, que tiemble la mano si tiene que temblar y que arda el pecho si tiene que arder, porque no vinimos a anestesiarnos sino a experimentar la vida con todo su peso y su luz. Que la emoción sea brújula y tormenta, herida y medicina; que nos rompa si es necesario, porque solo lo que se rompe aprende la forma de la claridad. Sigamos temblando ante el miedo como quien sostiene una antorcha en la noche, dejando que la tristeza lave el polvo del alma, recibiendo la alegría como un relámpago breve que ilumina todo el paisaje, amando incluso cuando no hay garantías, incluso cuando solo quedan cenizas tibias entre los dedos.
Y si volvemos a caer, que sea con el pecho abierto y la dignidad intacta, con la certeza hermosa de que nunca dejamos de latir. Que el alma no se acostumbre al silencio ni el corazón firme treguas con la nada. Vivamos así, sintiendo y sintiendo, la emoción que sea, hasta que el último latido nos encuentre encendidos, con las manos llenas de vida y el espíritu en paz, susurrando en la penumbra más profunda una verdad sencilla y eterna: valió la pena sentir, porque sentir fue vivir.

  • Autor: Austin Mora (Online Online)
  • Publicado: 19 de febrero de 2026 a las 16:48
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 1
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