Señora mía de mirar sereno,
te escribo cuando el mundo calla en paz,
cuando el silencio alumbra lo más pleno
y el alma dice aquello que no dirá jamás.
Recibe estas palabras como un puente
tendido desde mí hasta tu sentir;
son huellas de un latido transparente
que sólo por tu nombre sabe existir.
He de decirte: ya no eres sonido,
ni sombra leve que el recuerdo nombra;
tu nombre vive en mí como un latido
que al pronunciarlo el corazón se asombra.
No hay tinta que contenga lo que enciendes,
ni verso que resuma tu fulgor;
mas escribo, porque así comprendes
cuán firme en ti se ha vuelto mi fervor.
Si el tiempo alzara muros entre ambos,
o el día oscureciera tu mirar,
conserva estos renglones como amparos
de aquello que no sabe terminar.
Que cambie el mundo, el rumbo o la fortuna,
que el cielo trueque estrella por color:
mi amor, como la luz fiel de la luna,
guardará eternamente tu calor.
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